TECNOLOGÍA

Cómo conectarse con la generación redes sociales

Los padres están preocupados por un universo que no conocen y que no pueden controlar. Los expertos brindan algunos consejos y coinciden en que la clave está en dar herramientas para la vida que apliquen también allí.

Los chicos suelen migrar de las redes que utilizan los adultos.

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02 ago 2015

DÉBORAH FRIEDMANN

Natalia, la madre de Sabrina (14) respira hondo y enumera: "Tiene Facebook, Pinterest, Instagram, Kiwi, Twitter, We heart it, Snapchat y usa WhatsApp, donde puede llegar a tener más de mil mensajes en un día". Y después, con un dejo de resignación agrega: "Si yo supiera controlar todo eso, ¿cuántas horas al día debería dedicarle?".

El uso que le da Sabrina a las redes sociales y aplicaciones para comunicarse en su smartphone está lejos de ser atípico. Es más, su madre dice que no vive tan pendiente de ellas ni de su celular. Lo que sucede, a decir del psicólogo y experto en redes sociales Roberto Balaguer, es que buena parte de la vida social de los adolescentes pasa por estas herramientas. Y eso ocurre en todos los segmentos y barrios: desde La Teja hasta Malvín, desde Peñarol hasta Carrasco, ejemplifica.

Bastan unos pocos datos del Perfil del Internauta 2014 de Grupo Radar para darse una idea del fenómeno: 96% de los adolescentes de entre 12 y 19 años tiene acceso a Internet, herramienta que utilizan un promedio de 16,9 horas por semana. En general, el uso más mencionado por los uruguayos de todas las edades son las redes sociales (85%).

Rebeldía.

Natalia también tiene otro hijo, Miguel, de 9 años, que tiene Facebook. El que no quedara por fuera de su grupo de amigos con los que practica básquetbol fue el motivo para permitirle hacerse una cuenta. En ese caso sí es manejable para la madre supervisar lo que el chico hace —ella tiene la contraseña y revisa la cuenta con y sin él presente— y, lo que es más importante, enseñarle cuestiones clave para después aplicar cuando tenga más independencia como no aceptar ni tener contacto con extraños o evitar publicar fotos que identifiquen dónde vive o dónde está.

Hace unos tres o cuatro años los padres se cuestionaban si dejar que un niño de esa edad tuviera Facebook implicaba validar la mentira, ya que para ser usuario de esa red social hay que tener (o declarar tener) al menos 14 años. "Hoy, eso ya no se plantea en ningún contexto, ni mejor ni peor socioeconómicamente hablando", dice Balaguer. A esta altura se asumió que los chicos ingresan a este mundo, según el experto, alrededor de los siete u ocho años, mucho antes de la supuesta edad permitida.

¿Por dónde van entonces las preocupaciones de los padres? Dicen que, al tener un celular, los chicos poseen mayor independencia y están menos sujetos al control. Años atrás, una madre podía quedarse tranquila si era usuaria de Facebook y, desde allí, intentaba ver qué hacía su hijo en ese ámbito. Lo que sucedió es que los adultos se quedaron —básicamente allí— y los adolescentes diversificaron las herramientas que usan. "Facebook se llenó de gente adulta y dejó de ser interesante", resume Balaguer. Es que el comportamiento en Internet no escapa al resto del perfil del adolescente de siempre: buscan sitios donde los adultos no estén o les cueste acceder.

"Generalmente tratan de estar donde no estén los padres, por un tema de privacidad, de rebeldía, por separarse", concuerda el experto en educación y videojuegos Gonzalo Frasca.

La madre de Sabrina vivió eso bien de cerca hace pocos días. "¿Acá también mamá? ¡Ya no sé qué esperar de vos!", fue la respuesta que obtuvo cuando le envió una solicitud para contactarse por Snapchat. Finalmente, llegaron a un acuerdo: la madre podría ver las publicaciones solo en los días que la chica estaba de viaje de quinceañeras. Después, tendría que dejar de usar esa red. Ambas cumplieron. Es que si en algo concuerdan los expertos, es que la confianza es clave en este tema.

Diversidad.

En los últimos años la puerta de entrada a las redes sociales de los adolescentes uruguayos cambió, asegura Balaguer, quien finaliza por estos días un estudio sobre el tema. En concreto, se refiere a que la primera a la que acceden dejó de ser Facebook y pasó a ser Instagram, "cabeza a cabeza" con Snapchat.

Un panorama similar pinta Pablo Buela, director de la empresa de marketing digital Pimod. El especialista dio días atrás una clase a liceales de primer año de un colegio y les pidió que los que tenían la red social que él nombraba levantaran la mano: 80% era usuario de Facebook, 20% de Twitter y cuando mencionó Snapchat todos participaban.

Snapchat es una aplicación en que las fotos, videos y dibujos se destruyen entre uno y diez segundos después de haberlos enviado (el tiempo es controlado por el usuario que las manda), aunque también es posible compartir contenidos durante todo un día. "No hay casi personas adultas allí. Tiene una lógica que requiere de un dinamismo distinto y más de adolescentes: el contenido no queda, es todo muy rápido y es una dinámica más compleja de entender que Facebook y Twitter. Además tiene un componente lúdico porque mandan algo que después no se va a poder ver más; es la aplicación por excelencia para esta edad", resume Buela.

Otra de las tendencias que encontró Balaguer es que los usos de las redes sociales se han ido diversificando: los chicos usan cada plataforma para una cosa distinta. Por ejemplo, Facebook es considerado un buen lugar para notificarse de eventos, pero no para chatear ni para publicar, comenta.

De esto da un buen ejemplo un adolescente estadounidense que escribió un artículo sobre el tema en la publicación digital Medium. En Snapchat postea las fotos de cuando está pronto para salir, de la fiesta a la que va, yéndose a su casa cuando termina y a la mañana siguiente cuando se levanta. En Facebook sube las fotos posadas con sus amigos en la fiesta y en esas omite el alcohol. En Instagram publica las imágenes más cuidadas de la comida que había. Y en Twitter escribe comentarios del tipo "Estoy aburrido".

A esto se le agrega un componente que hace aún más complejo el fenómeno. "Muchas redes sociales no se llaman redes sociales", dice Frasca. Se refiere a los videojuegos, a los que muchos jóvenes acuden no solo para jugar sino para estar en contacto con otros chicos. Y hay para elegir: consolas, juegos en la web, foros.

Con este panorama, los padres están desorientados. Preguntan cómo encarar el tema, inquietos porque no pueden seguirle el ritmo a sus hijos cuando muchos, a duras penas, aprendieron a usar Facebook. "Aún así hay que hablar con ellos de lo que hacen y, los que se animan, meterse en las redes sociales. Porque cuando preguntás y te interesás, este deja de ser para ellos un mundo paralelo, donde ellos sienten que no hay reglas ni ética", comenta Balaguer.

Frasca, por su parte, cree que las redes son difíciles de controlar. "Es como querer controlar lo que piensa la gente", dice. "Es la misma historia que cuando tenés un nene y va a salir solo por primera vez. Lo empezás a cruzar de la mano, le decís que mire para los costados. Después cruza y lo mirás. Esto es lo mismo solo que son calles que los adultos ni siquiera conocemos. Obviamente la angustia es más grande, pero al final del día tenés que confiar que, si le enseñaste bien, va a cruzar la calle y no lo va a pisar un auto".

Es que al final de cuentas, los expertos concuerdan en que la apuesta tiene que ser educar, formar y preparar a los adolescentes para lidiar con el mundo. A eso mismo es a lo que ha apostado Natalia: a que Sabrina aplique en Internet lo mismo que cuando cruza la puerta de su casa. La educación y la confianza pagan.

PREGUNTAR Y AYUDAR

Los expertos concuerdan en que los chicos tienen que saber que pueden (y deben) pedir ayuda en determinadas circunstancias. Eso corre para la vida en general y para las redes sociales.

Natalia vivió con su hija Sabrina un caso de cerca. Ella coordina un grupo de un club de fans de una banda en Facebook, donde había más de 8.000 participantes. Un día, una chica de otro país, a quien no conocía, comenzó a chatearle diciendo que estaba deprimida y contándole que se había empezado a cortar. A Sabrina la situación la sobrepasó y le pidió ayuda a su madre, quien le fue aconsejando cómo contestarle (que buscara a alguien adulto de confianza, entre otras).

Los especialistas en redes y adolescentes insisten en que los adultos deben interesarse en lo que los chicos están haciendo, participen luego o no en esa red.

Eso hizo días atrás la tía de Mariana (12) al verla sonriendo con el teléfono. "¿Chateás en Facebook?", le preguntó. "No, estoy en Kiwi". Y ella, que se siente bastante inmersa en las redes sociales, no tenía la menor idea de qué se trataba. Ahí la clave está en consultar con naturalidad y ver cuán abiertos son los chicos en responder (que no lo sean puede ser un llamado de atención). "Es para hacer preguntas, pero la gracia está en que podés no decir quién sos, y por ejemplo entonces decirle cosas al chico que te gusta", le explicó. Ese tipo de charla puede ser seguida, por ejemplo, por pedirle que muestre cómo funciona la aplicación.

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