Sí, hubo acuerdo

| Unos querían ganar, otros sólo no perder dinero.

Víctor Hugo Morales, La Nación, Grupo de Diarios América

Argentina siguió en el Centenario el partido que venía disputando contra Perú. Le dio a los celestes todas las ventajas que su juego ofreció a los incaicos, con la única diferencia de que esta vez tenía enfrente a un equipo desesperado, dispuesto a todo, solamente contenido por sus propias limitaciones, las que aún con la victoria del miércoles 12 le obligan a seguir remando para llegar a la meta.

Hubo acuerdo, es cierto. Tácito, bien futbolero y entendible, sin demasiado conocimiento de la psicología. Cada jugador uruguayo se decía: "si me ganás jugando como juegan los que no tienen un objetivo preciso, por la prepotencia natural de la superioridad técnica, me lo banco, no hay otra. Pero si te matás porque sí, para que los chilenos no protesten, yo tengo que pasarte alguna dolorosa factura".

Dijeron los argentinos: "jugamos para ganar, hacemos lo posible, pero no vamos a venir a inmolarnos por la causa de otros". Cualquiera advierte el interés específico por conseguir una victoria. El partido tuvo esa característica. Uno dejaba el alma. El otro tomaba sólo los riesgos posibles.

Sin rebeldía, sin presión, sin necesidad, pero con el mismo fútbol previsible, horizontal y lento exhibido tres días antes, Argentina podía ser derrotada, hecho que aconteció con absoluta naturalidad y ajustado a derecho.

Los que entregaron algo más que el gesto técnico y la buena voluntad —es decir aquellos de la pierna más fuerte y del deseo más desatado, léase Sorín— tuvieron problemas, encontronazos y discusiones propias de ese código futbolero que sólo se desconoce si no se estuvo jamás en una cancha. Lo que se escribe a continuación no lo pensaron los jugadores argentinos. Sencillamente lo saben. Sus piernas cotizan muy alto en el mundo. Y no es posible, casi por una cuestión de responsabilidad, aparecerse en Europa para decirle a su club que no puede actuar durante un mes porque se jugó la vida en un partido en el que no había nada en disputa para los propios intereses.

Y como el incentivo no podía funcionar porque cada muchacho de la selección tiene más plata que las asociaciones nacionales en pugna, lo que había es lo que se vio. Lo grave, en el caso de los dirigidos por José Pekerman, es que fueron para atrás en todos los últimos partidos. Es decir, retrocedieron en la calidad de su fútbol. Después del primer tiempo ante Brasil, la línea de la gráfica es una recta inclinada de izquierda a derecha. Repetitivos, haciendo gala de una paciencia que ya se quisiera en el país para otras disciplinas, lucen una categoría individual en las sutilezas y el dominio del estilo que no se corresponden con esa alarmante falta de profundidad y potencia ofensiva. Todo cambiará, merecen que se crea en eso, pero ahora es inevitable señalar los desencantos. Que se precipitan justamente por las calidades que se les reconoce.

Uruguay podía vencer, claro que sí. Lo decía la historia del Centenario, donde en partidos oficiales los celestes ganan desde 1917 siempre, y también lo afirmaba el determinismo histórico, que juega bastante en el fútbol, y también podía leerse en los datos de la actualidad.

El viejo estadio montevideano, celeste unánime recortado en el fondo oscuro de la noche, con su público manso al que abochornaron dos impertinentes invasores que ni siquiera tuvieron el coraje de entrar desnudos como los de Europa, se dio a probar el gusto agridulce de toda esperanza que se confunde con el miedo.

Derrotar a Argentina se parece mucho a haberlo hecho todo y, sin embargo, aún parece que nada hubiera concretado. En el mismo momento del pitazo final, como en el salto de un gigantesco canguro, los orientales más valientes que ilustrados en estas Eliminatorias, se pusieron a pensar si los australianos, finalmente, han aprendido algo. Y la respuesta es lamentable: sí, se han superado más de lo imaginable.

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