CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
No hay día que por distintas razones no se hable de los Fondos Soberanos de Inversión (FSI). Estos vehículos de inversión, propiedad en su mayoría de países en desarrollo, tienen en algunos casos larga data, pero recién ahora están acaparando titulares de manera significativa gracias a que se convirtieron en proveedores de capital de última instancia de entidades financieras en apuros. Entre ellas, encumbradas empresas atrapadas en operaciones hipotecarias de alto riesgo.
Esto puso a estos fondos relativamente nuevos en el ojo de la atención pública y la suspicacia de ciertos sectores políticos de los países donde se domicilian las empresas rescatadas por su accionar.
Las preocupaciones devienen de dos vertientes. Una primera proveniente del chovinismo alimentado por los riesgos de lesionar la soberanía cuando se trata del origen de fondos aplicados a invertir en alguna actividad considerada estratégica. En este caso es el temor que algún gobierno ejerza poder político sobre el accionar de las empresas de las que ahora son copropietarios.
La otra dificultad con estos fondos se relaciona con su papel estabilizador (o no) en los mercados financieros, sacudidos hoy por malas prácticas originadas en el propio corazón del sistema.
Sobre ambos aspectos adelantamos que entendemos que los temores no corresponden, porque los temas de soberanía se dirimen por otros andariveles. Y por el contrario, el grado de estabilidad del sistema financiero se fortalece con la operativa de estos fondos.
UN PANTALLAZO. Se estima que estos fondos administran unos 3.000.000 de millones de dólares, equivalentes aproximadamente al 50% de las reservas acumuladas por los países en desarrollo. Hace apenas dos décadas, su monto era seis veces menor (500.000 millones de dólares). A pesar de su magnitud aparentemente impresionante, el monto actual corresponde a solo el 8% de la deuda total estadounidense.
El fondo más grande (875.000 millones de dólares) y uno de los más antiguos (32 años) es el de la Unión de Emiratos Árabes, seguido por otros propiedad de Noruega, Singapur, Arabia Saudita, Kuwait y China, cuyos montos individuales oscilan entre los 250-300.000 millones de dólares.
De todos modos, lo importante a recalcar es que su crecimiento ha sido vertiginoso por dos razones: la acumulación de reservas en algunos naciones exportadores de petróleo, en particular Noruega y algunos países árabes; y en otros por los saldos positivos casi permanentes en sus cuentas corrientes. China lidera el grupo, resultado de una realidad que muestra un endémico exceso de ahorro que se refuerza con su política de mantener sobre devaluado su tipo de cambio real. Todo confluye entonces a una acumulación de reservas que supera las necesidades precautorias para enfrentar una eventual crisis. Son entonces estos fondos de inversión uno de los instrumentos que se van abriendo paso para descomprimir esos excesos de liquidez, que no es otra cosa que poder de compra a escala mundial a la espera de buenas oportunidades para invertir. Mirado desde este punto de vista, ya se podría decir que su presencia mejora el bienestar a escala mundial. La razón es que por su modalidad operativa, generalmente son aplicados en actividades donde su retorno real es mayor que el que obtienen dormitando como colchones de liquidez o invertidos en títulos de deuda soberana de los países desarrollados, principalmente bonos de Estados Unidos.
En definitiva, lo que hay por detrás de este proceso es un fenómeno nuevo. Ahora es el mundo en desarrollo quien comienza a acumular capital. Y en algunos casos en magnitudes tales que comienzan a crear vehículos financieros para canalizarlos en la búsqueda del mejor retorno. En otras palabras, siguiendo las mismas reglas que emplearon los centros financieros mundiales tradicionales para aplicar sus recursos.
CHOVINISMO. Se ha convertido en un tema recurrente la necesidad de mayor transparencia sobre la operativa de estas entidades financieras, que hoy parecen nuevas pero tienen larga data. Incluso el Fondo Monetario Internacional, a pedido del G7, está analizando códigos de conducta y transparencia, lo que indica que el tema ha entrado en la agenda política de los países desarrollados.
La preocupación radica en que perteneciendo su propiedad a un país soberano, el accionar futuro de la empresa donde se aplica puede estar sujeto a los designios de un poder extranjero.
Sin duda que se enfrenta una posición irracional, pues bien se sabe que en la mayoría de los casos el que corre los mayores riesgos es el inversor externo, y no la soberanía o cosa parecida del país donde reside la empresa receptora de la inversión financiada por un FSI. De lo que se trata es de fragmentar mercados financieros, forma solapada de proteccionismo, pues cualquiera de los propietarios de esas entidades financieras son reputados países de la comunidad financiera internacional.
FUTURO. Ahora bien, ¿qué papel pueden llegar a jugar? Más allá de sus cometidos primarios de canalizar el exceso de reservas acumuladas en ciertos países, estos vehículos financieros están llamados a cumplir un papel estabilizador en los mercados. Son una forma idónea de purgar los excesos de ahorro afincados en algunas partes del mundo, aplicándolos a regiones donde hay carencias de ahorro, algunas motivadas por crisis como la actual. Su relevancia es manifiesta, el capital que manejan es más de diez veces el capital disponible del FMI para enjugar una crisis de liquidez a escala mundial. Además, hay que tener en cuenta que la ayuda del Fondo es solo para apoyar tesorerías de países en problemas, pero no directamente empresas. Esta última restricción, como se ha probado recientemente, no opera para los FSI, lo que les otorga otra cualidad positiva indudable.
Para mostrar la potencia que otorga la liquidez de los recursos involucrados, algunas estimaciones indican que si integraran como capital el 1% de sus activos en instituciones especializadas en financiar proyectos de inversión, se generaría un flujo anual prestable de más de 70.000 millones de dólares. Ese monto supera el monto de operaciones anuales de instituciones tales como el Banco Mundial, el BID y el Banco Asiático de Inversiones.
Aquí se abre un nuevo campo que llama a la reflexión sobre el financiamiento externo de nuestros países. Quizás llegó la hora de pensar que estas entidades puedan financiar mediante inversión directa la modernización de nuestra infraestructura en sus diversas modalidades, o el fortalecimiento de nuestra matriz energética.
Estos nuevos actores han aparecido de manera casi espontánea. Está en nosotros crear las formas institucionales que viabilicen el empleo de esta nueva forma de financiamiento, que por lo visto ha llegado para quedarse.