¿Shocks permanentes o transitorios?

Javier de Haedo

Nuestra economía, especialmente por ser pequeña, y en gran medida por su ubicación geográfica, está muy expuesta a recibir shocks externos. Éstos pueden deberse a múltiples causas y pueden ser, naturalmente, positivos o negativos. Son ejemplos de shocks externos: cambios en el precio del petróleo, o en la tasa de interés, o en los precios de las materias primas que producimos y exportamos, o en los precios en dólares en los países vecinos, o en el nivel de actividad o de ingreso de éstos, o en el precio del dólar frente al euro y las monedas de Asia, o en la percepción del riesgo de las economías emergentes por una crisis en una de ellas. También constituyen shocks exógenos a nuestra economía, fenómenos climáticos o sanitarios adversos a ella (sequía, abundancia de lluvias, fiebre aftosa). Como verá el lector, no he tenido que acudir a mi imaginación para producir esa lista, sino a mi memoria, en la medida en que todos esos fenómenos están hoy presentes o lo han estado en los últimos 10 a 15 años.

Ante un shock externo, la primera pregunta que cabe formular es si se trata de algo permanente o transitorio, porque muy diferente deberá ser la reacción ante el shock en un caso o en otro. Por supuesto que la respuesta no es siempre trivial, es decir que a veces no puede saberse la duración del shock. En esos casos, se vuelve relevante hacer un análisis del riesgo de equivocarse ante cada escenario posible.

Este análisis consiste en comparar las consecuencias de las decisiones de política en dos escenarios opuestos. Uno, si se asume que el shock es permanente, se actúa en consecuencia, y al final del día resulta transitorio. Otro, si se asume que es transitorio, se toman las medidas del caso y termina siendo un shock permanente.

En los años noventa hay dos buenos ejemplos de situaciones extremas: un shock positivo en 1991 y uno negativo, en 1999. En el primer caso, en el mes de abril, el ministro Cavallo lanza el Plan de Convertibilidad, se fija la paridad cambiaria entre el peso argentino y el dólar y Argentina inicia un período de boom extraordinario: se vuelve muy cara en términos de dólares y aumenta el ingreso y más aún el consumo. Uruguay se encuentra con que tiene al lado a un país muy caro y creciendo rápido y, además, con el cual se está integrando progresivamente. La historia de planes de estabilización argentinos no daba para ser muy optimistas pero esta vez la cosa parecía ser más en serio que lo habitual. En los hechos, el plan duró algo más de 10 años, cuando la esperanza media de vida de ese tipo de experimento, en Argentina, era considerablemente inferior. El gobierno uruguayo de la época actuó como si se tratara de un shock transitorio; de haber asumido que era permanente debía haber dejado flotar el tipo de cambio que hubiera encontrado el equilibrio bastante por debajo de su nivel de esos días. Como consecuencia de ese comportamiento, se tuvo más inflación en pesos "de la necesaria" por más tiempo y esto dio lugar a una extraordinaria mejoría patrimonial del sector público. Curiosamente, dicho sea de paso, hubo quienes acusaban al gobierno de generar "atraso cambiario" cuando con el comportamiento que tuvo hizo lo opuesto: preservó un dólar más alto que el de equilibrio durante años.

El otro caso extremo se dio en 1999, cuando en enero Brasil resuelve soltar el precio del dólar, a poco de asumir su segunda presidencia Cardoso, quien había iniciado como ministro el Plan Real, de estabilización, en julio de 1994. Brasil era el principal destino de nuestras exportaciones de bienes, y un destino alternativo para los turistas argentinos que habitualmente visitaban Uruguay. En este caso se supuso que se trataba de un fenómeno transitorio, según se hizo explícito por las autoridades de la época. De haberse considerado permanente, se debería haber modificado la política cambiaria de inmediato. La historia es conocida: Brasil se abarató considerablemente en términos reales por varios años, quedando Uruguay atado a la suerte del Plan de Convertibilidad argentino, que estaba herido de muerte por la acumulación de déficit fiscales en la segunda presidencia de Menem, financiados con acumulación de deuda pública, en un contexto externo que no fue favorable al plan en la medida en que casi no hubo inflación internacional.

También hay ejemplos más recientes de shocks negativos, de menor magnitud que los referidos. El año pasado hubo una importante sequía que bajó la hidraulicidad de nuestras represas y obligó a generar electricidad a partir de combustible. Correctamente, se asumió que era algo transitorio (siempre que llovió paró y también siempre que hubo una sequía, algún día volvió a llover) y se decidió no pasar a tarifas ese mayor costo, lo que hubiera pegado negativamente en el IPC y el PIB. Se decidió financiar ese costo, de 0,7% del producto, con un mayor superávit en el Gobierno Central. En los primeros cuatro meses de 2007, la mejoría de los números de UTE ya alcanza al 0,25% del PIB, por lo que todo parece indicar que la situación negativa ya pasó. En el caso de Ancap se asumió lo contrario, que el shock negativo consistente en el altísimo precio del crudo, es permanente. Por consecuencia, los precios domésticos de los combustibles siguen mensualmente la evolución del precio del crudo. Más recientemente, las lluvias de este otoño complicaron la cosecha de frutas y verduras, dando lugar a una fuerte suba de sus precios. Si bien el BCU hizo un apriete monetario a fin de marzo, hizo bien en no apretar más tras conocerse los datos del IPC de abril y mayo, a la espera de que la naturaleza ponga las cosas (los precios) en su sitio.

¿Cómo se puede definir hoy el contexto externo en el que está el Uruguay? Además de los aspectos referidos en el párrafo anterior, el único fenómeno negativo que se observa consiste en los precios en Argentina, en términos generales más baratos que los uruguayos. Sin embargo, este shock negativo que consiste en tener al lado una Argentina más barata en dólares que nosotros, está atenuado por los cortes en los puentes, en la medida en que complican el comercio informal desde y los viajes hacia la otra orilla. Dicho sea de paso, y más allá de eso, los cortes que realizan los piqueteros del litoral argentino también constituyen un shock externo que afecta negativamente el turismo hacia Uruguay.

Pero todo el resto del panorama externo es ampliamente satisfactorio, como lo viene siendo desde hace ya algunos años: el dólar se ha debilitado en el mundo, las tasas de interés no son altas, los precios de nuestras materias primas de exportación vuelan, Brasil está carísimo, y la percepción del riesgo de nuestra economía, como en toda la categoría, es muy baja y propicia una constante entrada de capitales, que ha permitido reperfilar la deuda pública y da lugar a crecientes inversiones privadas.

En definitiva, todo este panorama externo conforma un gran shock positivo que está recibiendo Uruguay, así como las economías de la región. ¿Es transitorio o es permanente? Nuevamente, esta es la pregunta relevante. Da la impresión que una parte de todo lo bueno que nos está pasando, es permanente. En el mundo se están dando cambios estructurales, como lo es por un lado el uso de oleaginosos como fuente alternativa de energía y por otro lado la incorporación sostenida de los mayores países de Asia al capitalismo. Más cerca, Brasil, a pesar de tener un dólar muy bajo, tiene hoy todavía una mejor competitividad con fuera de la región de la que tenía antes de enero de 1999, pero hoy ya no tiene deuda externa neta y la interna va camino a reducirse. Y en el caso de Argentina, donde hay un ajuste pendiente que no les será sencillo de procesar, el tipo de cambio real está por encima de su nivel de equilibrio, al contrario de lo que era habitual antes de cada crisis.

Esta situación externa nos da márgenes y como es posible que en buena proporción ese panorama no se revierta por mucho tiempo, puede resultar tentador utilizarlos. De hecho, con el gasto primario del sector público no financiero creciendo al mismo ritmo que el PIB, y con éste creciendo a una tasa mayor a la de largo plazo, en alguna medida esos márgenes se están utilizando. Pero poner al gasto a crecer aún por encima del producto, como ha empezado a ocurrir recientemente, es peligroso. Si "sobran recursos" y políticamente no es posible mostrar un resultado fiscal más positivo, lo mejor sería bajar impuestos.

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