La lección de Nicolas Sarkozy

Jorge Caumont

En América del Sur, los presidentes Chávez, Correa y Morales creen que podrán inaugurar un nuevo socialismo al que antes de nacer ya han bautizado como "Socialismo del Siglo XXI". A juzgar por recientes declaraciones, aclaraciones y hechos, su propuesta de modernización del socialismo pasa, entre otras cosas y según los casos, por la aplicación de los fuertes ingresos que sus gobiernos reciben por las exportaciones de productos energéticos (petróleo y gas) en el subsidio al ocio; por la nacionalización de actividades proveedoras de energía, de acero y otras; por el rechazo de las relaciones con organismos multilaterales de crédito; por la censura de actividades periodísticas; por la nacionalización y estatización de la banca y por el repudio de las obligaciones financieras contraídas en el pasado. En resumen, el nuevo socialismo aún no ha aparecido.

En nuestro país, algunas fuerzas políticas que componen la coalición de gobierno consideran explícitamente que el socialismo consiste en llevar adelante los viejos principios que caracterizaban al movimiento en sus épocas tempranas: más Estado, menos mercado. El solo hecho de proclamar ese objetivo y aunque sea improbable que se arribe en algún momento a tan utópico destino, marca una posición que retrasa la aplicación de alternativas probadamente mejores. Otras fuerzas, también dentro de la coalición que gobierna, ya reconocen que la fórmula no es sencilla, por lo que apelan a un mayor gasto público para sobrellevar, entre otras falencias, las situaciones de pobreza aunque ello choque con las restricciones presupuestales y derrumbe el incentivo de los ciudadanos a esforzarse y trabajar. Su acción, sin seguro éxito en el mediano plazo, retrasa asimismo otras alternativas que con mayor eficacia y seguramente con mayor eficiencia, les permitirían alcanzar los resultados deseados. Asimismo, otras fuerzas políticas de la coalición reconocen la necesidad de solucionar carencias de las clases de bajos ingresos con recortes tributarios y obligando a las clases de mayores ingresos -aún cuando sus ingresos sean bajos- a realizar transferencias a la Tesorería injustificables porque desalientan el esfuerzo individual, el trabajo, la iniciativa privada, la inversión en capital humano y otras por el estilo.

En América del Sur y en Uruguay en particular, el socialismo busca pero no encuentra la unanimidad de sus propulsores sobre su nueva versión, más moderna, para su presentación en sociedad. Una presentación que si bien, en el caso de algunos de sus nuevos formuladores -aunque solo en algunos- no desconoce ciertos aspectos fundamentales para mantener un equilibrio macroeconómico básico, de todos modos no parece que vaya a culminar con el desarrollo económico y social que se desea al cabo de algunos años. ¿Cómo veremos a Uruguay en pocos años, luego de la disputa entre todos estos buenos deseos? No parece ser muy difícil predecir que no seremos un país más avanzado que el actual, que la actividad productiva no será muy distinta a la que hoy ya se conoce -la tradicional actividad agropecuaria a la que se suma la derivada de la extendida forestación- y que los años de auge coincidirán, como también los de estancamiento y caída, con el ciclo de la producción mundial y regional. El socialismo busca pero no encuentra el espacio de aplicación y la fórmula que asegure su modernización.

LECCIÓN FRANCESA. Fuera del país leía el otro día en un periódico: "El conservador Nicolas Sarkozy consiguió el 53% de los votos en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa, por encima del 47% alcanzado por la socialista Ségolène Royal", en una votación histórica pues la participación ciudadana fue de 84%. En Francia, país en el que al igual que en Uruguay el socialismo ha buscado sin éxito por varias décadas su nuevo contenido y su nueva forma, la población ha decidido un cambio de rumbo, una alternativa que lejos de ser conservadora -de las características de la Francia de hoy- es reformista con tendencia a la "derecha". Los electores han decido hace ya dos domingos, que el futuro presidente sea Nicolas Sarkozy. Le ha negado el acceso al poder a Ségolène Royal, una socialista cuyo programa de gobierno con un costo estimado de 62.680 millones de euros, superaba largamente al costo del presidente electo que según el Instituto de Empresas será del orden de 51.830 millones.

El futuro presidente, hijo de un inmigrante húngaro que nunca se nacionalizó francés, planteó las bases del nuevo derechismo con la claridad y precisión que no adornan las distintas propuestas de la nueva izquierda difusa e incomprensible, de los tres presidentes latinoamericanos mencionados ni la de varios de los esforzados políticos de izquierda uruguayos. El programa de gobierno lanzado por Sarkozy ha llevado a que algunos medios califiquen su campaña como una verdadera osadía derechista. Incluso algún periódico ha dicho que en el "estadio de Bery, ante más de 30.000 personas, Sarkozy pronunció uno de los discursos más cruciales de su apasionante campaña electoral". Fue allí que ha hecho saltar por el aire los restos del naufragio de mayo de 1968, al que todavía se afilia estáticamente, buena parte de la izquierda francesa y también, la latinoamericana. Y por supuesto, a los que todavía se mantiene aferrada, la "super" socialista Royal. En Bery, Sarkozy fue muy contundente en su conclusión sobre el mal de Francia. Para él, en los adoquines del Barrio Latino de París no se ganó nada sino que desde entonces aparecieron el "relativismo moral, la podredumbre ética, la laxitud cívica, el abandono, la desgracia, el igualitarismo, la complacencia, la devaluación de los principios del esfuerzo, de la responsabilidad". Habló de la decadencia de Francia, "de la voladura de la escuela tradicional y su sustitución por un corrosivo antiautoritarismo libertario y adolescente que ha convertido a Francia en una nación devastada, huérfana de los valores que imprimen vigor y dinamismo a una sociedad moderna".

Desde Bery, el socialismo ciego en su impotencia y lleno de contradicciones, tildó a Sarkozy como el peor de los tiranos. Pero sin fundamento alguno y con el único propósito de desprestigiar su orientación que encarna una derecha moderna. Es que el futuro presidente revolvió la llaga socialista: reivindicó el esfuerzo individual, la entrega al trabajo, el sacrificio para obtener las cosas materiales y la recompensa al mérito individual. Todos aspectos contrarios al pensamiento socialista. Pero dijo además que la decadencia francesa se debe a los "sindicatos artríticos", a una "universidad oxidada" y a medios de comunicación en general "complacientes". Definió entonces, su verdadera fórmula para escapar de la mediocridad. Bien distinto su enfoque al de su contrincante pues Royal se aferró al pasado y respondió con una adhesión irrenunciable al "sesentayochismo" al que definió como "un viento de libertad".

La osadía conservadora o "derechista" de Sarkozy nos recuerda también a Uruguay por otros motivos. Para él, ya no hay tiempo para perder y plantea reformas en áreas en las que no hay una visión común de los votantes. Sus propuestas suscitan aprensiones y corren el riesgo de molestar a algunos, o tal vez a muchos, como lo indica André Gluksmann, un filósofo francés que ha analizado las reformas que introducirá el futuro presidente tanto para solucionar los problemas de laicidad, como los de la igualdad en la captación de ingresos, las propuestas referidas a la energía, a las jubilaciones, a la vinculación con la Unión Europea, etc. Gluksmann dice que Sarkozy "inquieta" mientras que, por otro lado, Royal "une" pero que las propuestas de la socialista son solamente concretables en el día del juicio final. Y ello porque mientras Sarkozy enfrenta, Royal, para "pescar" a todos los votantes, lo que de todos modos ha resultado infructuoso, ha dicho una cosa y la contraria. Y como atinadamente vuelve a decir Gluksmann, "intentando Ségolène trascender las diferencias, más allá de las oposiciones y los conflictos, pone a todo el mundo de acuerdo…sobre nada".

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