IGNACIO ALCURI
Existe un mercado celosamente oculto, dedicado a aquellas personas que gozan de su propio sufrimiento. Es un mundo de cadenas, ropa de cuero y objetos puntiagudos, al que sólo se llega por invitación o por accidente. Y después existe otro mundo, a la vista de todos, en donde el masoquista también puede cumplir sus deseos más profundos: el gimnasio.
Aunque no parezca, conozco bastante de este mundo. Y no precisamente por ver documentales. Tantas horas sentado frente a un monitor me hicieron temer una despedida temprana de este plano de existencia, y decidí tomar recaudos para no morir dejando atrás a una viuda joven. Salvo que fuera joven por la enorme diferencia de edad, situación en la que estaría chocho de la vida.
Por entonces, el ejercicio que me consumía más calorías era el doble click del mouse, seguramente para entrar al sitio web de una pizzería con delivery a domicilio. Mi cuerpo iba camino a atrofiarse, con la excepción de los músculos del dedo índice de mi mano derecha.
Mi única experiencia pagando para sufrir eran los partidos de Defensor, así que busqué la ayuda de unos amigos y me anoté en el gimnasio. Al entrar encontré aquellas máquinas de la tortura, con pesos, poleas y asientos incómodos. Lo mismo que una mazmorra de pervertidos, pero con las paredes de roca y las antorchas sustituidas por espejos y luz fluorescente.
No recuerdo mucho de ese día, pero sí del día siguiente. Me dolían los brazos, la panza y las piernas. Pero la imagen de la viudita treintañera (por entonces tan sólo una entelequia) me hizo volver. Eso, y la promesa de que el dolor se iría al cabo de los primeros días.
No me mintieron. El dolor se fue, dejando lugar a muchos otros. En lugar de dolerme los brazos, me dolían los bíceps y los tríceps. En lugar de la panza, el transverso y los oblicuos del abdomen.
Cada ejercicio era una representación del mito de Sísifo. Yo subía una piedra por la ladera de la montaña, y cuando ésta se volvía fácil de empujar, me la cambiaban por una piedra más grande. El coach del gimnasio es quien detecta la falta de padecimiento y modifica la rutina para asegurarlo. Situación que sería condenada en cualquier tribunal del mundo, si no fuera porque uno está pagando mensualmente para que lo haga.
Al poco tiempo de enrolarme en el gimnasio, y como le ocurre a todos, se produjo la prueba de fe. Mis amigos dejaron de ir, y comenzaron a aparecer actividades que me generaban más placer que ir a levantar objetos pesados.
Leer un libro. Cortar el pasto. Separar la ropa blanca de la de color. Curarme los hongos de los pies. Cualquier excusa era buena para posponer mi partida unos minutos, luego unas horas, hasta ese momento en que pensaba "qué lástima, se me hizo muy tarde" y lo dejaba para otro día.
Por suerte no caí en la tentación. No mordí la manzana de aquella serpiente con rostro de sillón, cuerpo de control remoto y cola de vaso de refresco con un par de cubitos de hielo adentro. Quizás sin los cubitos hubiera mordido, pero soy un fundamentalista (del refresco, no del gimnasio).
Igual mi religión apenas es la de los abdominales y evitar el infarto temprano. Compararme con un culturista sería como comparar al que dice "soy creyente" con el que profesa una religión cuyo nombre tiene más de tres palabras y sabe el nombre de pila de su ángel de la guarda. Y eso que yo también cargo con un cilicio. Los lunes, miércoles y viernes.