La lógica de la guerra

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Álvaro Ojeda

ALEX J. BELLAMY -profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Queensland- no desea la guerra, sólo la acepta. Tampoco desea aceptar cualquier clase de guerra llevada adelante de cualquier manera, no sea cosa que le pase lo que le pasó a Alcibíades y a los atenienses durante la guerra del Peloponeso. Citando al historiador Tucídides, Bellamy cuenta en su libro Guerras justas el dilema al que se enfrentaron los atenienses en el 416 a.C., cuando le solicitaron apoyo militar a la ciudad de Melos. Atenas estaba en guerra con Esparta y Melos permanecía neutral pese a los apremios atenienses. Cuando las negociaciones fracasaron, el estratega ateniense Alcibíades declaró: "Ustedes saben tan bien como nosotros que el derecho, como suele decirse, sólo se discute entre quienes tienen el mismo poder, mientras que el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe". La amenaza de Alcibíades constituye la prehistoria de la actividad bélica entendida como causa justa, en este caso basada en el más brutal realismo. Atenas necesita aliados para derrotar a su rival Esparta y presiona a los melienses. La débil Melos desea mantener su neutralidad en el conflicto aduciendo justas razones de soberanía. Advierte que de no ser respetada su decisión soberana el resto de las ciudades griegas se aliarán contra Atenas, por carecer ésta de una causa justa que obligue a los melienses a romper su neutralidad. En las guerras no hay lugar para dos causas justas: Melos es destruida y toda su población exterminada.

Antigüedad. Bellamy escribió dos libros en uno. El primero de ellos -el sector titulado "La tradición de la guerra justa"- es una revisión histórica del concepto de guerra justa. Éste se asienta sobre tres elementos: el realismo, el derecho natural y el derecho positivo. El realismo indica que las guerras poseen motivos fundados, el derecho natural con sus principios de justicia inmutables los evalúa y el derecho positivo intenta regularlos. Cicerón, el campeón del derecho al servicio del realismo político, planteaba que dado que la función del Estado era la búsqueda de la justicia y por ende de la felicidad, una guerra sólo podía justificarse en la búsqueda de la paz sin sufrir daño o al menos, sufriendo el menor daño posible. Lógica imperial: si se anexiona un territorio y se evita un daño a Roma, la guerra está justificada.

Esta teoría utilitaria para ganadores, se mantendrá hasta la irrupción del cristianismo. San Agustín será el encargado de definir los criterios aceptables para los cristianos, ante un caso de agresión. Su respuesta es perturbadora: "En cuanto a la vida del alma, es al menos dudoso que alguien pueda quitárnosla matando el cuerpo (…) el hombre a quien se mata iba a llevarse algo que no es enteramente nuestro; por lo tanto no comprendo cómo podemos llamarlo nuestro". Extraño pacifismo que deriva de la protección de un bien fundamental pero intangible. Hilando más fino Agustín señala que el acto de matar en defensa propia no es malo en sí mismo, lo que es malo es el objeto de defensa: los bienes terrenales. Hay una disposición interna pecaminosa que obliga a un acto brutal en defensa de algo superfluo. Este prodigio de razonamiento algo insustancial para los tiempos que corren, no excluye la condena de Agustín a la guerra.

Edad Media. Santo Tomás de Aquino introduce la teoría del estado en el análisis de la guerra justa, examinando la cuestión fuera del marco religioso. El escolasticismo -cuyo representante más prestigioso fue Aquino- proponía un sistema de pensamiento ordenado y lógico que aseguraba conclusiones razonables. Se podía creer o no creer en el Dios de Aquino pero era imposible no atender sus razonamientos. El hombre, ser social por naturaleza, había creado al Estado como forma de garantizar la paz y la convivencia armoniosa. Para la obtención de esos fines el Estado utilizaba empleados públicos que no estaban regidos por las mismas normas que los individuos comunes. Mientras el cristiano de a pie estaba moralmente obligado a no devolver el daño que se le infligía, el funcionario público podía sustraerse a esta regla siempre y cuando se cumplieran determinadas circunstancias. Anota Bellamy: "Si bien Aquino elaboró su enfoque sobre bases similares a las de Agustín, su punto de partida fue una presunción contra la guerra. Según Rowan Williams (2003), actual arzobispo de Canterbury, Aquino concebía la violencia como un mal que sólo puede resolverse apelando a la obligación del gobernante de preservar la paz interna y externa mediante el uso literal de la espada".

La fórmula de Aquino para autorizar el uso de la espada era perfecta: la violencia es siempre injusta pero algunas veces podía ser justificable siempre que la injusticia total causada por la guerra, resultara menor que la justicia total que proveía. Y esta fórmula valía también para los levantamientos contra toda suerte de tiranía.

De Kant a Iraq. Kant es la irrupción de la modernidad y el nexo con la segunda parte del libro de Bellamy, titulada "Temas contemporáneos". En su libro La paz perpetua de 1795, Kant descarta la idea de una guerra justa, a la vez que establece algunas reglas fundamentales a las que los estados soberanos deben someterse. Las reglas incluyen la no intromisión en los asuntos internos de un estado en otro, la eliminación de cláusulas secretas en los tratados de paz, la imposibilidad de contraer empréstitos para iniciar una guerra, así como alguna disposición que muestra la mejor cara de la Ilustración: los ejércitos permanentes deben desaparecer por completo con el tiempo.

El antecedente kantiano permitirá entender la posición de Bellamy con respecto al mundo actual. Según el autor, cuando Vietnam invadió Camboya en 1979, el genocida Pol Pot ya había asesinado a dos millones de personas. No obstante, numerosos estados miembros de la ONU condenaron la acción bélica por injusta y hasta ofrecieron ayuda a Camboya. Vietnam debió fraguar una coartada de autodefensa para evitar las sanciones de la ONU, lo que constituye un ejemplo de legalismo hipócrita. Parecería que tanto la Corte Penal Internacional creada en 2002, como la Convención sobre Genocidio de 1948 y la propia Carta de la ONU de 1945 -en donde a texto expreso se prohibe la amenaza o el uso de la fuerza- junto a la acción obsecuente del Consejo de Seguridad, olvidan lo que deben custodiar.

El lector siente que desde Alcibíades hasta la fecha, los términos no han cambiado. Bellamy ensaya una definición de guerra justa luego de examinar con minucia el terrorismo, las intervenciones humanitarias, los bombardeos aéreos y las acciones preventivas. Es una definición sencilla que contiene una observación casi inocente: "En resumen, políticos y soldados pueden quebrantar las reglas en ciertas ocasiones, si logran producir exitosamente un argumento atenuante". Luego agrega: "la tradición de la guerra justa contiene dos reglas absolutas que no pueden ignorarse ni estar sujetas a atenuantes: los actores siguen estando obligados a justificar su decisión de iniciar una guerra y los combatientes nunca deben atacar deliberadamente a los no combatientes".

Tales son las sombrías fisuras humanas.

GUERRAS JUSTAS. De Cicerón a Iraq, de Alex J. Bellamy. Fondo de Cultura Económica, México, 2009. Distribuye Gussi. 412 páginas.

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