Diego González
ERA COMÚN en la prensa uruguaya, desde el siglo XIX, la publicación de avisos de este tipo: "A los cazadores de libros: hemos recibido de Europa las últimas novedades literarias, junto con un lote de Diccionarios de todas las lenguas. Ocurrir a... Librería X, etc." Todavía en 1955 podemos leer este aviso en una revista de Buenos Aires: "Para cazadores de libros raros y agotados / explorar en Salón Casavalle. Sarmiento 541".
La metáfora cinegética expresa con acierto la búsqueda apasionada del amador de los libros. Así la vemos desplegarse en esta anotación del 25 de abril de 1929 en el Diario de Alfonso Reyes, por entonces Embajador de México en Argentina: "En la Biblioteca Nacional de Maestros que dirige Leopoldo Lugones, hay ejemplar de la rarísima ’Historia de la Revolución de la Nueva España’ por José Guerra, Londres, 1813, de la que meses pasados cacé yo otro ejemplar en librería de viejo. Voy a seguirla buscando. A lo mejor hay nidada en Buenos Aires".
LA PRESA. El coleccionista puede reunir sus libros por diversas razones: Como lector y estudioso. O por criterios estéticos, fijándose más en la forma —la encuadernación, la tipografía, el papel—, que en la materia del texto. O tratar de tener todas las obras de un autor admirado, o ahondar un tema, una época histórica, un género. O buscar primeras ediciones, o bien libros antiguos, o ilustrados, o todas las variantes impresas de una obra estimada: el Quijote, la Biblia, el Martín Fierro. O libros infantiles, como era el caso en Walter Benjamin. O aún sólo por su tamaño, como el caso de aquel maniático que buscaba libros en 16o. —la actual medida de un casette—y que, al avanzar su colección, le bastaba tirarlos por un tragaluz al aposento donde se los amontonaba, sin ocuparse más de ellos. Todos los criterios y gustos son legítimos, porque el cazador encuentra tanto su alegría en la persecución, con mucho de aventura, como en la posesión misma, que nunca termina de saciarlo.
De todas maneras, no es necesario que el bibliófilo lea sus libros para llegar a ser un cabal aficionado. Le basta con poseerlos, y aun alguno de ellos sostendrá que la lectura es perjudicial, como lo dice con donaire el inglés A. N. L. Munby: "Quisiera hacerle saber que coleccionar libros es una ocupación que absorbe el tiempo entero, y que uno no llegaría muy lejos si gastara excesivo tiempo en frivolidades como la lectura." O al menos es imposible, según la respuesta que tenía preparada Anatole France para quien al contemplar su biblioteca le formulaba la pregunta inevitable (¿Y usted leyó todo eso, señor France?). Decía entonces: "Ni la décima parte. ¿O usted tal vez come todos los días en su vajilla de Sêvres?".
LOS COTOS DE CAZA. Los buscadores de libros están dotados de un instinto estratégico para ir hacia los libros, llámese intuición, olfato, o "flair". No visitan sólo los sitios conocidos. Pueden hallar filones en los lugares menos pensados: librerías en sótanos, en altillos, en zaguanes. Tablones con libros en los barrios más alejados. Ventas económicas, depósitos de papel. Liquidaciones. Remates, casas de antigüedades —o de meras cosas viejas que sus dueños llaman "antiguas". Vetustas bibliotecas, en desguace, de colegios y parroquias, las ferias vecinales. Y, sobre todo, Tristán Narvaja, de riqueza inagotable, y donde los expertos cazadores, entre la montaña de libros inservibles de Medicina y Derecho que exhiben los "fierreros", han encontrado los tesoros más sorprendentes: Impresos de los Niños Expósitos, un ejemplar de A la pintura de Rafael Alberti con una acuarela del escritor, una postal enviada por Delmira Agustini, la primera edición de Los tres gauchos orientales de 1872.
LAS ARMAS. Además de constancia, imaginación, rapidez perceptiva, este espécimen de cazador debe dominar todas las artes del oficio para capturar la presa apetecida. Con astucia y sangre Walter Benjamin, por ejemplo, pudo conseguir una pieza excepcional. En la persecución de un volumen para él fundamental, Fragmente aus dem Nachlasse eines jungen Physikers, de Johann Wilhelm Ritter, publicado en 1810, en dos tomos, en Heidelberg, se le ocurrió un modo de conseguirlo en un remate, ante el resultado de una puja anterior: "En el momento que anunciaron el número tuve una idea brillante. Como mi oferta haría caer indefectiblemente el ejemplar en manos del otro, sencillamente no debía presentar ninguna. Me obligué a permanecer mudo. Sucedió lo que había esperado: nadie se interesó por el libro, no hubo ofertas, el libro fue retirado. Me pareció oportuno dejar pasar unos días. De hecho, cuando aparecí una semana después, el libro estaba en la librería de libros usados y la falta de interés de la que había sido objeto me benefició en la compra." Las dotes intelectuales de un brillante ensayista no están reñidas con el manejo de todas las técnicas del cazador.
Don Pío Baroja, en sus avinagradas Memorias, evoca así su juventud: "En esta época consideraba yo de importancia el capítulo de las librerías de viejo. Estas librerías eran mucho más pintorescas y más bien surtidas que las de ahora. El librero de viejo con frecuencia no sabía lo que tenía en su rincón. Había posibilidad de gangas. Lo que levantó la caza e hizo que se enteraran los libreros fue un catálogo que publicó la Casa García Rico hacia el año 10 ó 12 de este siglo. Allí aprendieron la mayoría de los libreros el valor que tenían los libros, no sólo los importantes, sino los de menor categoría." Así Baroja alude con fastidio a quien "levantó la perdiz", y le dificultó seguir haciendo las pichinchas con las que formó su fantástica biblioteca de Itzea.
LA CAPTURA. Hace doscientos años Walter Scott, en su novela El anticuario, trazó con mano maestra la estampa del cazador: "Davy el Tiznado era el fénix de los hurones para desenterrar las obras más raras en los puestos y tiendas de muebles y libros viejos situadas aun en las extremidades más desconocidas de los barrios o en los callejones sin salida menos frecuentados. Yo mismo, señor, aunque inferior a aquel grande hombre, (...) puedo enseñaros un pequeño número de obras que me he procurado, y no a fuerza de dinero, lo que todo hombre rico podría hacer. (...) Estas pequeñas adquisiciones son los trofeos de varias excursiones que he hecho, tanto por la tarde como por la mañana (...) a todos los puntos donde había revendedores y traficantes de cosas raras y curiosas." Después revela el escritor el sentido amoroso de la cacería: "Os reís de todas estas cosas (...) y os lo perdono, pues conozco que los encantos que nos enamoran no son tan seductores para los ojos de la juventud como los ojos de una bella joven; pero ya tendréis mi edad, y apreciaréis mejor las cosas cuando uséis anteojos como yo. (...) ¡Cuántas veces he regateado hasta un centavo, de miedo que, dando con demasiada facilidad el precio que me pedían, no descubriesen el caso que yo hacía del objeto que trataba de adquirir! ¡Cuántas veces temía que el primero que pasase viniese a interponerse entre mi presa y yo, y me privase de una adquisición preciosa! ¡Y cuántas veces he visto a un pobre estudiante de Medicina que hojeaba un infolio, y he temido no fuese un rival instruído, o un librero disfrazado! Y después, Mr. Lovel, qué satisfacción la de pagar un precio convenido, y guardar el libro en el bolsillo con la más fría indiferencia, mientras la mano tiembla de placer!"
En Uruguay, el historiador Felipe Ferreiro dejó anotado en un texto de 1926 todos y cada uno de los caminos que recorre un bibliófilo cuando registra un hallazgo, desde la percepción del lomo con el título anhelado, hasta la oferta y la aceptación y el regreso a casa con la presa cobrada. Su relato minucioso quedó inédito hasta 1981, cuando lo recogió una edición de Barreiro, titulada La disgregación del Reyno de Indias.
Vale la pena cerrar este trayecto con la exclamación del inefable Walter Benjamin, gran coleccionista de textos infantiles: "¡Felicidad del coleccionista, felicidad del hombre privado!... porque en su interior se radicaron espíritus y geniecillos que hacen que para el coleccionsita, me refiero al verdadero, al coleccionista como debe serlo, la propiedad sea la relación más profunda que puede entablarse con los objetos: no es que los objetos despierten a la vida en él; por el contrario, es él mismo quien los habita."