PABLO DA SILVEIRA
La enseñanza de inglés en las escuelas públicas ha vuelto a ganar actualidad. Hace algunas semanas, el anuncio de un cambio de metodología en las escuelas de tiempo completo abrió un debate: mientras las autoridades invocaban a las neurociencias para justificar el pasaje de la enseñanza del inglés "por inmersión" a la enseñanza "por contenidos", varias voces críticas señalaron que detrás de ese cambio sólo había una reducción de la cantidad de horas de clase a dictar. Algunos días más tarde se anunció el lanzamiento de un plan piloto de enseñanza de inglés a distancia, en asociación con el Plan Ceibal y una institución extranjera.
La importancia del tema es difícil de exagerar. La generalización del aprendizaje del inglés es una condición para una mejor inserción del país en el mundo, al tiempo que permitiría reducir la brecha de oportunidades entre los sectores más y menos favorecidos de la sociedad. Pero la calidad del debate deja mucho que desear. Hay varios aspectos del problema sobre los que no se habla y hay demasiadas preguntas que quedan sin formular. Tres ejemplos pueden servir de muestra.
Algo que llama mucho la atención es la ausencia de una discusión sobre objetivos. Las autoridades toman decisiones y dan explicaciones circunstanciales, pero no indican hacia dónde están apuntando. Los críticos señalan posibles efectos negativos de esas decisiones pero no discuten el rumbo a seguir. Mientras tanto, la triste realidad es que sólo se enseña inglés en el 5 por ciento de las escuelas públicas, y que la calidad global de los aprendizajes está lejos de ser satisfactoria
Lo que deberíamos estar discutiendo no son cantidades de horas sino los objetivos que deberíamos fijarnos como sociedad. ¿Qué porcentaje de alumnos de primaria pública deberían estar aprendiendo inglés de aquí a cinco años? ¿Cuáles son los logros mínimos en términos de aprendizaje que deberíamos alcanzar? ¿Qué avances deberíamos consolidar en términos de reducción de la brecha de aprendizajes? Cada una de estas preguntas tiene componentes técnicos, pero la respuesta final no debe estar en manos de los técnicos sino de los representantes de los ciudadanos. Y luego hay que tomar decisiones de gobierno que nos permitan avanzar.
Un segundo punto que llama la atención es la aceptación unánime de algunos datos del problema que merecen ser revisados. Por ejemplo, las autoridades educativas justifican sus decisiones invocando la escasez de maestros de inglés. Pero la verdad es que los docentes de inglés no escasean. El problema es que las autoridades exigen el título de maestro de primaria para dar clases de inglés en una escuela. ¿Tiene sentido esa exigencia o estamos fabricando una escasez innecesaria? La pregunta puede tener más de una respuesta, pero lo curioso es que nadie la formule.
Un tercer punto llamativo es la tendencia a buscar respuestas de aplicación universal. Hoy se escuchan voces que defienden el "inglés por inmersión" y voces que defienden el "inglés por contenidos". Pero nadie se pregunta porqué hay que elegir una opción y aplicarla en todas las escuelas. Ya que existe una experiencia de inglés por inmersión, ¿por qué no dejarla funcionar y ponerle al lado una experiencia de inglés por contenidos que funcione en otras escuelas? Los resultados obtenidos podrían compararse y las posibilidades de elegir aumentarían.