JUAN MARTÍN POSADAS
Todo el mundo está de acuerdo en que nuestro país ha tenido un vertiginoso crecimiento económico en los últimos años. Estamos de acuerdo pero hemos reflexionado poco sobre ello. Tampoco nos han ayudado a hacerlo los formadores de opinión o los dirigentes políticos.
El gobierno difunde cifras a mansalva para darse corte y que la hinchada crea que todo proviene de la buena gestión oficial. Algunos economistas, con la cabeza hecha a los ciclos económicos, nos amonestan a no endulzarnos. En lo que sería provechoso pensar y reflexionar no es tanto en lo que vendrá después sino en lo que siente, planifica, disfruta y construye (o no) un país que en diez años casi duplicó su PBI.
Los índices de Ceres -que es de lo más serio de plaza- tomando agosto de 1995 como el punto de arranque (100) muestran que el nivel de actividad sube en forma sosteni- da hasta fines de 1997. A partir del 98 la línea desciende y llegamos a tocar fondo a fines del 2002. Es la época del desastre: los argentinos nos contagian la aftosa, quiebra el Banco Comercial, el Banco Montevideo (los bancos públicos atrás), huyen en tropel los depósitos de no residentes, el FMI y Tabaré Vázquez piden que el gobierno declare default; es la debacle. Pero aún antes que termine el período de Jorge Batlle se revierte la tendencia y empieza el repunte. En el 2006 ya superábamos el nivel de 1997, que era lo más alto que habíamos llegado desde que Ceres lleva registros (1995). Si en agosto del 95 el índice era 100, en diciembre del 2011 llegó a 175. ¿Cómo lo ha tomado el país? Esa es la cosa; hacia ese punto quiero dirigir la mirada.
Las decisiones particulares, las que cada uruguayo individualmente ha tomado al palpar su bolsillo más inflado y ahíto, están a la vista: autos nuevos, plasmas, iPads, mejora de la casa, enseñanza privada para los hijos, etc. Pero ¿el país? ¿Cómo lo ha tomado el país?
Nuestros abuelos, en mi caso, los bisabuelos en el caso de los más jóvenes, un día se sintieron con resto económico y se dijeron: no es posible que no tengamos un teatro como la gente; y levantaron el Solis (que no lo construyó el gobierno). Y dijeron: hagamos una sede agradable para lugar de nuestras reuniones, y le encomendaron nada menos que a Andreoni el edificio del Club Uruguay. Más tarde hicieron un hotel magnífico, el Hotel Carrasco. Y fundaron diarios y montaron industrias y crearon balnearios y escribieron libros imperecederos...
Para que eso suceda tiene que haber gente con sentido de nación, con confianza en sí misma y con empuje colectivo, sean empresarios, educadores, políticos, poetas, juristas o una combinación de todos ellos. Lo que hace falta es la aspiración de construir un país, la noción incorporada de que un país es un emprendimiento colectivo y que solo cuando lo es florece el patriotismo, que no es otra cosa sino el orgullo por lo que hicimos juntos con nuestro esfuerzo, nuestro ingenio y nuestra propia fuerza.
En este hoy ubérrimo quizás sea en el interior, en el campo, donde se han sentido esas ganas de construir país; en gran medida han transformado su medio, han hecho país. En Montevideo se sigue esperando que lo haga el gobierno.