FRANCISCO FAIG
Es un rostro que no cumple con la palabra empeñada. Luego de las elecciones de octubre en 2009, el candidato Mujica terminó de conformar a muchos votantes (sobre todo colorados) que lo prefirieron en el balotaje, porque reafirmó expresamente que respetaría la voluntad del pueblo que se había manifestado claramente, una vez más, acerca de la vigencia de la ley de caducidad. Pero, ya presidente, desde su aquiescencia cómplice, dejó que la mayoría parlamentaria frenteamplista anulara esa ley.
Es un rostro de franca ineptitud gobernante. Luego de un almuerzo de 1º de mayo con bandera frenteamplista de fondo, reivindicó un conocimiento de la vida carcelaria forjado en su lejana experiencia personal -como si el perfil de los presos fuera hoy el mismo que el que pobló las cárceles de la dictadura en los setenta-. Pero, a pesar de esa pretendida capacidad, la impericia comunicativa de su gobierno ya había colaborado en generar uno de los motines más graves en la historia del país.
Es un rostro enamorado de palabras huecas. Pasan los años y nada sustancial hay que asegure un cambio profundo y positivo en la educación de los más pobres, porque nada habrá que contradiga los intereses corporativos que el actual presidente ayudó a inflamar con la ley de educación de Vázquez. Andaremos de congresos en huelgas, disimulando con torpes argumentos las mediocres evaluaciones de gestión. Eso sí: siempre repitiendo, con tono compungido, que la educación es importante.
Es un rostro de muecas populistas. Presto a los argumentos simplistas -"hay que saber perder" para enfrentar la violencia doméstica, por ejemplo-; raudo en azuzar al resentimiento social -los "platudos" de Carrasco y Pocitos contra los pobres del país-; conforme con propuestas antirrepublicanas, como la planteada por Topolansky para partidizar a las Fuerzas Armadas.
Es un rostro de perfil entreguista. Antes que defender el interés nacional cree, con fascinación adolescente y torpe testarudez, en las pamplinas de la solidaridad de la patria grande. Es por ello que asume como suyos los intereses argentinos o brasileños (según la ocasión). Es más: intenta convencer a propios y extraños de las virtudes de su gran nacionalismo regionalista, forjado en sus diálogos con presidentas amigas, y opuesto a lo que él cree son pequeños reflejos soberanistas propios de malhadadas patrias chicas.
Es un rostro que se vuelve adusto, con un verbo que se vuelve agresivo, si su convicción es contrariada. La oposición que critique su política por ser propia de un típico gobernador de provincia argentina, será ferozmente atacada; el periodista que pregunte sobre un tema que disguste, será inmediatamente moralmente descalificado.
La promesa del país de primera por la que votó la mayoría en 2009 se ve así traicionada. Porque ella refería a un presidente que cumple con su palabra empeñada; procura tener el mejor equipo de gobierno; conjuga el verbo republicano sin complejos; enfrenta a los corporativismos que impiden la prosperidad nacional; defiende el interés nacional frente la prepotencia de nuestros vecinos; asume la diversidad de opiniones sin descalificar; y, finalmente, protege el espacio de acuerdos para aplicar políticas de Estado en temas relevantes para el futuro del país, como educación, energía o infraestructura. Lo opuesto, en definitiva, al rostro de Mujica.