IGNACIO DE POSADAS
Mugre en calles, veredas y plazas, paros, crímenes, carros tirados por caballos y tripulados por niños y adolescentes, carreteras desechas, motines, calles bloqueadas, menosprecio por las instituciones, un parlamento intrascendente dominado por una mayoría que vota lo que le mandan, sin estudiarlo (con frecuencia, sin entenderlo), pérdida de autoridad (desde el milico al Presidente) … A todo esto y mucho más nos estamos acostumbrando. De "que los Orientales sean tan ilustrados…" pasamos a "es lo que hay valor".
Nos arrellanamos en la chatura y la mediocridad.
Antes, la culpa se la cargaban al neoliberalismo, la corrupción y clientelismo y entre los que apuntaban con el dedo había una intelectualidad de izquierda, equivocada muchas veces, también elitista, negativa y soberbia. Pero con pienso. Hoy, a veintitrés años de gobernar la mitad del país y casi ocho el país entero, ni corre más la excusa, ni queda nadie en la izquierda que piense. Me refiero a una reflexión seria sobre el país, su estado de situación, su sentido profundo, hoy y hacia el futuro.
Los divagues, contínuos, inconexos, incompletos e inconsecuentes, del Presidente no son a lo que me refiero y su único efecto, si alguno tienen, es el de reforzar los que producen todo su estilo: bajar la vara, justificar y acostumbrar al más o menos, a lo atado con alambre. Tampoco hay mucho pienso profundo en el resto del espectro político y el liderazgo intelectual no es muy notorio en los medios, ni se percibe públicamente a partir de las gremiales o las universidades.
A dónde fue a parar aquel "como el Uruguay no hay…"?
Desde cierta óptica (la mía) es fácil echar mano a una explicación simple: la izquierda, machacando sobre la igualdad, el estado y los reclamos por todo, ha ido vacunando la cultura nacional de un inconformismo apático, resentido y pasivo, que al caerle encima la responsabilidad de gobernar, se ha visto agravado por la singular incapacidad para hacer que tiene nuestro "progresismo" vernáculo. Con eso, habría cerrado el círculo en torno al país, sumiéndolo en una mediocridad, vacía de valores que no mira más lejos que al consumismo y el pataleo reivindicatorio.
Creo que hay mucho de eso, pero tengo para mí que no vale hacer lo que la izquierda hizo en el pasado: echar la culpa del problema a los otros y así politizar el asunto, llevándolo al plano de las discusiones político-partidarias, plagadas de acusaciones y recuerdos, sin espacio para reflexionar útilmente sobre nada, a lo que también nos hemos ido acostumbrando (por la vía de no darles pelota).
La cosa es más profunda. Sí fueron y son actores, políticos, gremialistas, intelectuales y otros personajes concretos, que ocuparon posiciones de liderazgo. Pero también es cierto que desde mediados del siglo pasado, hubieron momentos de cambio o propuestas de cambio, a nivel político (1958, 1984, 1989, para mencionar algunos) que el conjunto del país no quiso abrazar y sostener, lo que lleva a pensar que las causas no están en las dirigencias, presentes o pasadas, al menos no exclusivamente. Están mucho más en lo profundo del ser nacional. En nuestra cultura, en la composición de nuestras creencias y valores y, mucho más medular aún, en el hecho de que hemos ido abandonando, una a una, las premisas que fundamentan creencias y valores, con lo cual es imposible pretender reinventarlos como acto de voluntad.
Si el ser humano no tiene otro sentido que su discurrir cotidiano, si el amor no tiene otro fundamento que el beneficio individual de cada uno, mientras se dé, si crear un hijo no pasa de ser una complicación o una carga, si la vida en sociedad es un acaso, inconexo de la realidad sobre el ser del hombre y del universo que, por tanto, el ser humano puede hacer, cambiar y deshacer por su sola voluntad… si todo es relativo ("como te digo una cosa…"), entonces sí que sólo queda el televisor plasma, hacer la mía, envidiar a los que tienen y hacen lo que yo no puedo tener ni hacer, sacárselo (por ley, por presión o por la fuerza) y, si aún así no me siento satisfecho, siempre queda la pasta base.
Es hora de parar la mano con las discusiones políticas, las reflexiones telúrico-folklóricas, el discurso sesentista, el periodismo con los ojos en el piso y el no te metas.
Los que se van, no lo hacen porque gobierna el neoliberalismo, ni porque se mueren de hambre. Se van porque se asfixian en un país chato, sin dinamismo, sin contenido, sin un mañana que puede ser distinto al año pasado.
Es hora de ponerse a pensar en serio.