FRANCISCO FAIG
Alcanza con revisar las cifras de las elecciones de mayo de 2010 para darse cuenta de las enormes dificultades de los partidos tradicionales para tener posibilidades reales de ser una alternativa de gobierno en Montevideo. Ana Olivera recibió casi el 46% de los votos (405.601); el Partido Nacional, 19,8% (174.915); y el Partido Colorado, 18,1% (159.976).
Cerca del 14% de los montevideanos votaron en blanco o anulado (121.561), lo que fue interpretado como una importante señal de molestia del electorado tradicional frenteamplista al proceso de selección de su candidato a intendente, y al balance de gestión de Ehrlich. En esta interpretación del porqué de esos votos, sabiendo que la elección estaba ganada, esos montevideanos dejaron de votar a su partido. Pero no se decidieron por votar otras opciones. Con estas reglas electorales, es evidente que para empezar a generar una alternativa real de poder en Montevideo los partidos tradicionales tienen que unir sus caudales electorales. Enhorabuena, una encuesta de opinión dijo hace poco lo que cualquiera con un poco de olfato ya sabía: que la inmensa mayoría de los votantes de los dos partidos estaba de acuerdo con esa idea. Luego, dirigentes blancos y colorados parece que darán los pasos con ese objetivo.
En este sentido, una alianza electoral de los partidos tradicionales es tan evidente como urgente. Sin embargo, las cifras también son claras en mostrar que no alcanza con esa sumatoria para generar una alternativa.
Montevideo es un reducto de identidad frenteamplista que se asocia, naturalmente, con una fuerte identidad urbana uruguaya. Las redes clientelistas de la izquierda están extendidas en los barrios populares y aseguran allí bases electorales potentes; el entramado de manifestaciones culturales que avala la hegemonía de la visión izquierdista del mundo es formidable, y tiene el poder de convencer a las clases medias -en el teatro, el carnaval, la música, la educación en general, etc. El montevideano va a seguir creyendo en los simplismos de Galeano, porque no va a cambiar los valores de la hegemonía cultural en la que vive. Está desencantado con la gestión de la izquierda en la Intendencia, pero no está dispuesto a abandonar sus signos de identidad que le aseguran cierto entendimiento del mundo. En definitiva, junto a sus amigos, sus parientes y a sus pares en general, vive protegido por el muro de yerba que le da tranquilidad y confianza en la originalidad de su aldea. No será sencillo entonces conseguir que ese montevideano elija a uno de los candidatos de los partidos tradicionales aliados, aunque esté harto de vivir en la mugre, de los acomodos de Adeom, de los ruidos, del mal tránsito, y de la larga lista de temas cotidianos que le amargan la vida y son responsabilidad de la Intendencia.
Para lograrlo, la alianza electoral de los partidos tradicionales precisa de un discurso coherente, predicado con profesionalismo, y que implique una fuerte cooperación política entre blancos y colorados. En esta perspectiva de concertación, Montevideo será un laboratorio para blancos y colorados, como lo fue para el Frente Amplio en los ochenta y los noventa.
Hay una oportunidad para asumir más fácilmente la configuración de bloques que, desde 1999, organiza el sistema político. Y de dar al país todo, desde allí, una alternativa de concertación nacional.