La hora de la verdad

CLAUDIO FANTINI

Lo peor que le puede pasar a Rajoy es tener un opositor como Rajoy. Demasiado complejo es lo que le toca como para sumarle un dirigente que enerve los debates y promueva una oposición histérica.

La magnitud de su triunfo no se debe tanto a virtudes propias ni al fracaso del gobierno, sino a la dimensión de la crisis. Una crisis que no se originó en la gestión de Rodríguez Zapatero, sino que empieza a incubarse en la etapa final de Felipe González y mantiene su crecimiento larvario en la primer gestión del Partido Popular, del que Rajoy fue un ministro protagónico.

El gobierno saliente pudo iniciar una reversión de la crisis y no lo hizo por ineptitud. Pero sus desvaríos y derivas no son la causa. Rajoy lo sabe, a pesar de haber actuado como si la burbuja que elevó la economía que ahora está en caída libre, hubiera comenzado con el PSOE.

El nuevo líder también sabe que los gobiernos técnicos de Italia y Grecia equivalen a intervenciones federales de Bruselas en provincias desquiciadas, y que su administración deberá conformar, más que a los españoles, a Angela Merkel.

La diferencia de Rajoy con Mario Monti y Luka Papademos, es que a él lo votaron los ciudadanos. Pero el mandante de los tres mandatarios no está en sus respectivos países, sino en Berlín.

Como opositor, Rajoy le criticó a los socialistas intentar un diálogo con ETA, a pesar de que Aznar había intentado lo mismo. Y cuando Rodríguez Zapatero hizo un giro copernicano, impulsando las políticas que el PP llevaba años reclamándole, Rajoy le exigió renunciar porque para tomar ese rumbo es mejor que gobiernen los convencidos y no los conversos.

Los mercados ya le advirtieron que no necesariamente serán sus aliados. Por eso, aunque tenga una amplia mayoría parlamentaria, el nuevo gobierno de esta España catatónica necesitará una oposición más serena y piadosa que la padecida por los socialistas.

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