Leonardo Guzmán
Los hechos de la vida judicial en las últimas semanas han golpeado tan duro a los sentimientos primarios del hombre de Derecho, que tientan a seguirles el hilo, descomponer sus elementos y tratar de asimilar lo indigerible. Pero eso no llevaría a nada.
También sería un error querer reconstruir la confianza enrareciendo el clima con contralores ofensivos, que donde se aplican generalizan la desconfianza; y sería una irreverencia mirar la vida del Derecho a través del ojo de la cerradura de lo que pasó en una sede entre trescientas.
Asimismo sería un contrasentido salir a buscar estrategias de imagen, para responder a la coyuntura con esfuerzos de marketing vacíos de contenido ético-jurídico. El Poder Judicial no tiene por tarea competir en un ranking de credibilidad institucional: tiene por misión interpretar la ley construyendo respuestas que, desde los principios y desde los hechos, realicen para cada caso concreto, no "la respuesta del sistema" sino el ideal de justicia y los valores del Derecho.
Por el prestigio de los jueces deben hablar los fundamentos expresos, la eficacia y la prontitud de las decisiones; y por sus procedimientos internos -que fallaron brutalmente- deben responder primero las conciencias y después los controles: primacía del hombre responsable. Por tanto, no concibo al Poder Judicial haciendo pujos por formar hacia afuera una imagen que sea distinta de lo que esté viviendo por dentro.
Desde la Suprema Corte al más remoto de los Juzgados de Paz, y desde los abogados con largas décadas hasta el más bisoño de los estudiantes y el más modesto de los ciudadanos, todos, absolutamente todos, debemos concurrir a recimentar el Derecho.
Para ello, es necesario restablecer la educación de los sentimientos y es preciso volver a enseñar que hay valores incondicionados que recoge el Derecho pero no nacen por capricho de temporada sino por apetitos normativos de claridad y universalidad, sin los cuales la persona se desfleca y se derrumba, arrastrando en la rodada no ya al Poder Judicial sino al país todo.
Los seres humanos nos regulamos desde adentro por la conciencia y desde afuera por el Derecho. Pero puesto que el Derecho es idea que se hace fuerza, en su entraña también vive la conciencia: conciencia activa, incompatible con la pereza mental que obedece y copia precedentes a ciegas; conciencia llamada a crear, a empujar el pensamiento y a aventurar respuestas cada vez más finas, imposibles de condensar en los 50 segundos de un flash.
Por eso, la reconstrucción del Derecho no puede reducirse ahora a lo judicial, ya que la vida toda -y no solo la de los tribunales- se ha distanciado de los valores de base de la persona y de la República.
Por lo cual, en vez de seguir las miserias de una crónica policial o medir por encuestas las cuestiones de conciencia o asombrarnos por la última estupidez-ofensa de los Tinelli o los Benetton, nos hace falta enseñar cultura cívica como arte normativo de vivir.
Porque, como enseñó Wimpi, la vida a veces es cómica y a veces es trágica, pero siempre es seria.