Falsa calidad

Pablo Da Silveira

En un artículo publicado en el semanario Brecha, la senadora Constanza Moreira vuelve a defender una tesis asombrosa: lo que importa no es que los alumnos aprendan, sino que asistan a clase.

Su texto se inicia con una larga serie de reflexiones que no agregan ni quitan nada a esta idea, para luego centrarse en lo que considera el asunto central: "Si entendemos por calidad de la educación que ésta sea accesible a todos los ciudadanos, así como que asegure que todos los alumnos adquieran las destrezas, capacidades y actitudes que les permitan construir una trayectoria de vida digna y libre, entonces, ¡claro que estamos a favor de la calidad! Pero si las referencias a la calidad remiten a los `niveles de exigencia`, como queda de manifiesto en los artículos publicados recientemente (El País, 20 y 28 de septiembre; Búsqueda, 22 de septiembre), entonces no nos pondremos de acuerdo".

Parecería que existe una división entre aquellos que entienden la calidad como acceso generalizado a aprendizajes efectivos (una posición que la senadora Moreira se declara dispuesta a suscribir) y aquellos que confunden la calidad con la exigencia o, según dice en otro pasaje, con "la excelencia de los educandos". A este grupo pertenecerían los chicos malos de El País y Búsqueda. Pero el problema es que esa oposición no existe. Se trata apenas de un juego de palabras sin sentido.

¿De qué se habla en el mundo cuando se habla de calidad educativa? En primer lugar, se habla de la calidad de los aprendizajes. Un sistema educativo de calidad no es aquel que gasta mucho, ni que tiene muchos docentes titulados, ni que consigue dictar muchas horas de clase, sino aquel que consigue que una amplia proporción de los miembros de las nuevas generaciones incorpore un conjunto importante de conocimientos y destrezas. La idea esencial es que los sistemas educativos existen para que la gente aprenda. Si quienes realmente lo hacen son unos pocos (ya sea porque no asisten a clase o porque asisten sin aprender) entonces no hay calidad.

En segundo lugar, un sistema educativo de calidad no es aquel que consigue generar cualquier clase de aprendizajes, sino aprendizajes de cierto tipo. Lo que importa es que los miembros de las nuevas generaciones incorporen aquellos conocimientos y destrezas que les permitirán desempeñarse como agentes económicos independientes (es decir, no sometidos a ninguna clase de tutela), como ciudadanos en condiciones de ejercer sus derechos y deberes, y como agentes morales capaces de construir su propia felicidad.

¿Cómo sabemos si estos aprendizajes se están logrando? El camino consiste en fijar niveles de exigencia mínimos (es decir, umbrales que todos deberían alcanzar) y luego instalar mecanismos de evaluación independiente. Sólo en esas condiciones podremos estar seguros de estar construyendo oportunidades educativas para todos. Los dos bandos que menciona la senadora Moreira simplemente no existen. Se trata de la vieja práctica de inventar hombres de paja a los que sea fácil incendiar como manera de ocultar las debilidades de las ideas propias.

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