Lo grande de Jobs

Leonardo Guzmán

Murió Steve Jobs. Con 21 años fundó Apple, cuya manzana roja es hoy símbolo de innovación en lo virtual: con su socio Wozniak, en un garaje inventaron el primer ordenador masivo. Apple Computer pasó a ser la empresa de mayor crecimiento de Estados Unidos: en 1983 facturó 2.000 millones.

Pero sería una irreverencia despedir a Jobs indicando sus índices económicos o repasando los milagros por los que en un solo portátil juntó teléfono, editor de textos, reproductor de música, tabulador de balances, cámara fotográfica y cien tareas más. Por encima de eso, su mensaje dio una luz necesaria en el mundo entero e imprescindible en el Uruguay de hoy, enfermo de justificaciones para echarse a la bartola.

A los 9 años, la pasión de un maestro lo transformó de alborotador incorregible en pichón de matemático.

Sin padres biológicos a la vista, hijo adoptivo de familia pobre, entró a la Universidad y la dejó a los seis meses, para asistir libre a unos pocos cursos que le interesaron.

Ya cincuentón, en 2005 la Universidad de Stanford lo llamó a presidir la ceremonia de graduación. Sus palabras allí valen siembra. Tras aclarar "Yo nunca me licencié: la verdad, esto es lo más cerca que he estado de una graduación universitaria", contó cómo a los 19 años vagaba sin rumbo, "dormía en el suelo de las habitaciones de amigos y caminaba 11 kilómetros, cruzando la ciudad para conseguir una buena comida semanal en el templo Hare Krishna."

Vivía en la dispersión espontánea. "A priori, nada de lo que hacía tenía una aplicación práctica", pero "diez años después, cuando estaba diseñando el primer ordenador Macintosh, todo tuvo sentido para mí." Lo cual le dejó la conclusión vital de que "no podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro; solo podéis conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tenéis que confiar en que los puntos de alguna manera se conectarán en vuestro futuro."

Devastado por el despido de su propia compañía, contó que lentamente comprendió que "todavía amaba lo que hacía… Estoy convencido que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía." Y sentenció: "Tenéis que encontrar lo que amáis."

Enfrentado a los riesgos de un cáncer, se dijo: "Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que hallé para tomar las grandes decisiones de mi vida. Porque casi todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso desaparecen ante la muerte, quedando solo aquello que es realmente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir a tu corazón."

Steve Jobs fue un héroe civil. A un Uruguay dominado por las explicaciones causales y materialistas de las deserciones escolares, liceales, universitarias y empresariales, Jobs le deja el testimonio de lo imprevisible y creador de la esencia humana. En un mundo que achata muchas cosas, su biografía resulta simplemente admirable.

Si mucho aportó a la tecnología, fue más aun lo que aportó a la filosofía: enseñó a insistir en hacer lo que se ama y apostar a la libertad creadora.

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