Pablo Da Silveira
Las utopías son buenas para hacer política pero malas para gobernar. Cuando se gobierna desde la utopía, se tiende a perseguir a quienes no comparten la misma visión final de la sociedad y se suele minimizar el dolor de quienes son sacrificados para construirla.
Esto no implica que haya que renunciar a las ideas sino, más simplemente, que hay que escapar al encierro ideológico. A la hora de ejercer el gobierno, la prioridad debe estar puesta en las necesidades y proyectos de las personas de carne y hueso que van a sufrir las consecuencias. Eso no obliga a dejar de pensar, pero sí a pensar de una manera diferente.
Un buen ejemplo al respecto es la evolución intelectual de Amartya Sen, un economista y filósofo de enorme prestigio, profesor en la Universidad de Harvard, que obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1998.
Tras desarrollar una brillante carrera como economista, Sen se volcó a la filosofía política. Al menos en parte, el cambio se debió a sus largas conversaciones con John Rawls, también profesor en Harvard, a quien muchos consideran el principal filósofo político del siglo XX. Como resultado de esos intercambios, Sen se interesó en lo que técnicamente se llaman "teorías de la justicia", es decir, sistemas de ideas que apuntan a describir los rasgos esenciales de una sociedad justa.
Sen trabajó años en esta dirección, hasta que últimamente dio un giro. En un libro publicado en 2009, pasó a afirmar que la tarea crucial no consiste en intentar descripciones de una sociedad perfectamente justa, sino en encontrar alternativas a las situaciones de clara injusticia que reconocemos. Este actitud intelectual, sostiene Sen, es más acorde con los motivos que nos impulsan a involucrarnos en la vida pública: "Lo que razonablemente nos mueve no es el descubrimiento de que el mundo no consigue ser completamente justo -cosa que pocos esperan-, sino la conciencia de que hay en nuestro entorno injusticias claramente remediables que queremos eliminar".
Que un uruguayo nacido en un hogar de pocos recursos esté condenado a asistir a una escuela donde se considera normal que repita la mitad de los alumnos es injusto. Que luego deba asistir a un liceo donde los docentes y los directores cambien sin parar es injusto. Que aprenda poco y mal por más que se esfuerce es injusto. Que sus padres deban pagar profesores particulares o una academia de inglés para que intente aprender lo que no enseña el liceo es injusto Que tenga muy pocas posibilidades de terminar bachillerato es injusto.
No hacen falta grandes desarrollos ideológicos para identificar estos problemas que afectan a miles de uruguayos de carne y hueso. En ellos deberían concentrarse las autoridades, en lugar de dedicarse a organizar consejos de participación y congresos educativos que están destinados a ser manipulados. Priorizar esas urgencias no significaría renunciar a ningún ideal.
Se puede o no compartir las ideas de Sen, pero nadie duda que es una referencia para la izquierda moderna en todo el mundo. Lo malo es que una izquierda moderna es justamente lo que no tenemos.