Gobierno y utopía

Pablo Da Silveira

Las utopías son buenas para hacer política pero malas para gobernar. Por "utopía" entiendo una visión final de la sociedad y del ser humano que tiene la capacidad de orientar nuestras decisiones e impulsarnos a actuar.

La acción política sin utopía se vuelve pura defensa de intereses o mera administración tecnocrática. Nada de eso es demasiado atractivo como para dedicarle la vida, ni para generar la adhesión de grandes masas. Por eso es normal que quienes se involucran en política sigan su propia utopía. Los socialistas se inspiran (con variantes importantes entre sí) en la visión de una sociedad igualitaria y participativa, donde existen vigorosos mecanismos de redistribución y casi todas las decisiones importantes han sido colectivizadas. Los liberales nos inspiramos (también con variantes) en la visión de una sociedad integrada por individuos autónomos y responsables, donde cada uno pueda buscar su propia felicidad sin tener que someterse a la tutela de corporaciones ni burocracias para acceder a las oportunidades y recursos. Pero si la utopía es buena para hacer política, no lo es para gobernar. Y eso al menos por dos razones.

En primer lugar, gobernar desde la utopía es antidemocrático. Cualquiera sea el tamaño de la mayoría que nos lleve al gobierno, siempre habrá una gran porción de la población que pensará diferente. Este dato no debería olvidarse a la hora de elaborar programas de acción. Por ejemplo, si los ciudadanos discrepamos (como sin duda lo hacemos) acerca de cuánta participación queremos en nuestras vidas, los socialistas no deberían condicionar la capacidad de tomar decisiones cruciales para el plan de vida de cada uno a la voluntad de incorporarse a órganos de deliberación y decisión colectiva (como hace la actual Ley de Educación), ni los liberales deberían impedir que los ciudadanos con una fuerte vocación participativa se organicen colectivamente para educar a sus hijos, desarrollar actividades productivas o acceder a la vivienda.

Esto no implica que los gobiernos no puedan tomar decisiones de fondo, sino que la primera decisión a tomar consiste en maximizar la libertad de elección de todos. Y también significa que las sociedades deben tomarse el trabajo de construir grandes consensos para darse las reglas de juego que necesitan. Por ejemplo, es legítimo que Uruguay funcione según las reglas de la democracia electoral, porque hay un amplísimo consenso al respecto.

La segunda razón por la que no es bueno gobernar desde la utopía es que las utopías suelen ser peligrosas para las personas de carne y hueso. El intento de poner en práctica modelos ideales lleva a minimizar los sacrificios que se imponen a quienes viven hoy. Así es como se termina pidiendo a la población que no ayude a quienes pasan frío en la calle, para realizar el ideal de un Estado paternalista que lo hace todo.

Para gobernar no hay que abandonar los ideales, pero hay que pasarlos por el tamiz democrático. Nadie gobierna únicamente para aquellos que comparten la misma utopía ni para los habitantes del futuro. Se gobierna para todos y en tiempo presente.

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