CLAUDIO FANTINI
Una Italia unida, armada y sin sacerdotes", proclamó Maquiavelo como objetivo principal de sus lucubraciones políticas. Para alcanzar esa meta era necesario un príncipe como el que describió en su célebre tratado. El pensador florentino era católico, pero ya en el Renacimiento era claramente perceptible que la Iglesia sería el obstáculo final en el camino de la unificación. Cuando Maquiavelo escribió El Príncipe para Lorenzo de Médici, la península estaba dividida en muchos estados equiparables a la antigua polis griega. Y lo que los italianos festejan hoy jueves, es la caída de la última resistencia a la unificación.
Cientos de mandatarios de todo el mundo están en Roma para la conmemoración del punto culminante del proceso conocido como "Risorgimento", que evoca el triunfo final de las fuerzas piamontesas comandadas por Garibaldi y la entrega de los territorios conquistados a Víctor Manuel II de Saboya. Las celebraciones de los 150 años también evocan a otros grandes protagonistas del proceso unificador, como el Conde de Cavour, el filósofo Giuseppe Mazzini y la música de Verdi. Pero el gran anfitrión no está de buen ánimo para festejar. El violentísimo derrumbe del régimen libio dejó a Silvio Berlusconi mal parado en Europa, porque hasta poco antes de comenzar la rebelión en Cirenaica, "il cavaliere" era el mejor socio y aliado que el coronel Muamar Gadafi tenía en el viejo continente.
De haber cumplido con el Tratado de Amistad y Cooperación Italo-Libio firmado en el 2008, Italia estaría enfrentando a la OTAN (de la que forma parte) para defender al régimen de Trípoli. Ese pacto incomprensible, la ola de refugiados que el conflicto libio lanzó sobre Sicilia y la imagen de Gadafi pavoneándose recientemente por Roma con su corte de amazonas vírgenes, sus túnicas y sus camellos, colaboró a la dura derrota de la coalición gobernante en ciudades claves como Nápoles y Milán. Pero la razón principal de la debilidad de Berlusconi no está en el Norte de África, sino en su propia cama.
Igual que buena parte de los italianos, el Vaticano había mantenido su apoyo al primer ministro cuando se acumulaban denuncias de corrupción en la puerta de sus empresas. La relación incestuosa entre negocios privados y propiedad pública tampoco dañó el respaldo de la Iglesia, porque daba prioridad a la posición del gobierno en lo que el clero considera "cuestiones esenciales" (aborto, anticoncepción, matrimonio gay, etc.). Pero el Vaticano dejó de mirar para otro lado cuando irrumpieron los escándalos por sexo pagado y el juicio por prostitución de menores.
Ese fue el punto de inflexión en la relación con la Iglesia. Y según lo que empiezan a insinuar las urnas, también pudo ser el punto de inflexión en la relación de Berlusconi con los italianos que, contra viento y marea, lo mantuvieron con sus votos en el poder.