Ignacio De Posadas
Habrá discurso político que no hable de cambio? Los homenajes póstumos, capaz y a veces.
Los políticos se pasan hablando del cambio. Porque la gente se pasa quejando y pide sin cesar cambios.
Pero: realmente, ni unos ni otros, quieren cambiar. Cuando dicen "cambiar", en realidad están diciendo "mejorar". O, más exactamente, el que debe cambiar es "aquél", para que yo pueda mejorar, como me corresponde y es debido.
No en vano el cambio raramente llega.
¿Qué es cambiar? Su otra acepción, la de trueque, da la pauta etimológica del contenido: para cambiar hay que entregar algo. No hay cambio sin renuncia y como toda renuncia implica un sacrificio cierto (para un resultado que nunca lo es en igual medida).
De ahí el enorme atractivo de la prédica política frenteamplista: todo mejorará, volveremos al Uruguay de Maracaná, con solo sacar del poder a los corruptos neoliberales, que se revuelcan en el barro del Mercado y del clientelismo.
Ahora, si es tan difícil esto del cambio ¿por qué cambiar? ¿Para qué?
Bueno, hay varias razones. Darwinianas, en el sentido de que no puede el hombre permanecer inmutable en un mundo exigente y cambiante. Económicas que, al fin y al cabo, son parientes próximas de las anteriores: la realidad económica en la que vivimos ni es inmutable, ni es fácilmente predecible (todo lo contrario), ni se la maneja así nomás, como uno quiera.
Y hay también razones humanas o, si ustedes miran más a fondo, cristianas. De una forma u otra, todos andamos por la vida cargando a cuestas con nosotros mismos y eso nos indica la necesidad de cambiar. De convertirnos, que es el término elegido por Cristo (que yo recuerde, los evangelios no usan la palabra "cambio" -con lo cual achicaron enormemente el juego actual de falacias retóricas).
¿Para qué cambiar? A veces para mejorar, pero otras muchas, para poder seguir como estoy.
Las dos cosas se dan hoy. Muchos compatriotas viven pésimamente mal. Muchos más no quieren ir para atrás y tienen miedo de que les pueda ocurrir.
Las causas están y, sin embargo, la mayoría no quiere verdaderamente cambiar. No está dispuesto a arriesgar, no quiere sacrificios. Hace décadas que vivimos esa realidad. Desde que hizo crisis el Uruguay del Segundo Batllismo, perdiendo el poder el Partido Colorado luego de noventa y pico de años, hemos vivido -a veces más, a veces menos- una realidad de expectativas frustradas, en medio de una cultura dominante de aversión al cambio.
Para que haya, efectivamente, cambio se requieren dos cosas: la capacidad de ver la realidad tal cual es y la voluntad (querer) para encararla como se requiere, soportando los sacrificios que sean necesarios. Esto, no en algunos, sino en la mayoría o, por lo menos, en la mayoría de quienes integran la cultura dominante.
Difícilmente ocurran ambas cosas si en la sociedad de marras no se da otro fenómeno más: el liderazgo. La existencia de figuras con fuerza y prestigio que iluminen, convenzan y fortalezcan la voluntad de las mayorías, o de masas críticas gravitantes.
El país vivió algún caso de esfuerzos por parte de lideranzas políticas, que vieron la necesidad del cambio e intentaron llevarlo a la práctica (a fines de los `50, comienzos de los `60, del `90 al `95, por ejemplo), pero sin la suficiente fuerza de convicción en un caso, y de superación de las fuerzas contrarias en el otro.
Así llegamos a nuestro Uruguay de hoy, donde se sigue hablando de cambio (para ti, mi caso es diferente), pero donde las cosas no están tan mal (para la mayoría), con lo cual, una sociedad ya de por sí conservadora, no tiene la menor intención de hacer sacrificios de clase alguna.
Tampoco hay muchos líderes que estén llamando la atención frente a esta peligrosa complacencia cortoplacista. El Presidente, en algunas cosas -justo es decirlo-, de a ratos algún dirigente de oposición, pero es tanto lo que hablan y casi siempre de temas menores, que cuando el llamado es de fondo nadie los escucha; la Iglesia, esporádicamente, alguna dirigencia empresarial, casi nunca y paremos de contar.
Así, nada cambiará. Continuaremos derivando, autoengañados, en este período de bonanza, hasta que encallemos, una vez más.
Porque para que pueda haber cambio en el Uruguay éste solo puede venir de adentro de la cultura política dominante. Dicho más crudamente: si no se producen cambios dentro del Frente Amplio, el país no cambiará. Me cuesta decir esto, pero no veo posibilidades hoy, de otros liderazgos, fuera del Tercer Batllismo-Frente Amplio, con capacidad de ser escuchados y de entusiasmar en grado e intensidad suficiente.
A veces me da la impresión de que el Presidente es consciente de esto, o lo intuye y hay evidencias de frenteamplistas que perciben algunas tendencias enfiladas al fracaso (en cosas como la educación, el corporativismo), pero aún son fenómenos aislados o insuficientes.
Mientras el "progresismo" pueda seguir tirando, no habrá cambio.