Una mala novela policial

DIEGO FISCHER

Tal vez resulte una nimiedad el tema de hoy luego de leer las noticias policiales que esta misma edición de El País trae. O quizá sea una parte, pequeña, pero parte al fin de lo que diariamente estamos padeciendo los montevideanos. No podemos comparar el asalto a un banco o mejor dicho el séptimo asalto a un banco en lo que va del año con la rotura a martillazos del vidrio de un automóvil. Son hechos de dimensiones diferentes y consecuencias distintas. ¿Por qué? . Porque no sabemos aún a ciencia cierta si en dichos atracos no hay un móvil político. Sí podemos afirmar, casi con seguridad, que detrás de la rotura del vidrio de un coche hay un adicto a la pasta base que busca aunque sea unas monedas para comprar una dosis de droga. El auto cuyo vidrio destrozó o destrozaron es el mío y estaba anoche estacionado en Pedro Berro y Solano Antuña. Es la segunda vez que me pasa en un año y medio. Días antes, en Semana Santa, la cerradura de la puerta de entrada de mi edificio fue reventada por alguien que -suponiendo que no había gente por el feriado- intentó entrar. Pese a sus esfuerzos y a que enfrente hay una garita con guardia policial que supuestamente cuida a una Embajada y debería ver lo que pasa a su alrededor, la cerradura resistió, aunque quedó inutilizable. Los asaltos a bancos tienen una larga y triste historia en el Uruguay. Se perpetraron en los años 60 y todos sabemos quiénes los protagonizaron. Décadas más tarde, recuperada la democracia, después de 12 años de una dictadura que fue abonada en muy buena medida por quienes robaban bancos antes de 1973, volvieron a registrarse. Fue por 1990. Entonces los asaltos ganaron nuevamente la primeras planas de los diarios. Los atracos se sucedían con una violencia inusual. La Policía habló de polibandas y fueron capturados siniestros personajes como el Rambo, recientemente ejecutado por uno de sus pares. Pasaron 20 años y presenciamos el tercer capítulo de una pésima novela policial en la que todos somos protagonistas; pero que, a diferencia de un libro, no termina cuando leemos la última página.

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