Extramuros

Hernán Sorhuet Gelós

Las limitaciones y reglas que nos impone vivir en ciudades suponen una educación individual y colectiva recibida desde el nacimiento. Es el secreto de la viabilidad de la vida citadina.

Sin embargo, nos cuesta mucho extrapolar esa concepción al resto del planeta, como si se tratara de realidades disociadas. Aunque el cambio climático nos está sacudiendo la modorra, es evidente que prevalece una gran resistencia al cambio. La esencialidad del aire y del agua de calidad la comprendemos sin dificultad. Pero no ocurre lo mismo con la diversidad biológica.

Sabemos que en la salud y dinámica de los ecosistemas se sustenta, no sólo la calidad de vida de las personas, sino su propia supervivencia. A pesar de ello, el concepto no está incorporado en la conciencia pública, a juzgar por la conducta habitual de la sociedad.

No extraña que una organización del prestigio mundial de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) reclame para el 2011, una atención muy especial a la protección de los bosques y a la restauración de áreas deforestadas. En otras palabras, sugiere políticas más efectivas y comprometidas que incluyan recursos suficientes para lograrlo.

No se trata de una postura antojadiza sino realista. De la existencia de las grandes superficies arboladas que sobreviven en el planeta depende el aire que respiramos, buena parte de los alimentos que consumen las comunidades asociadas a ellas, y el funcionamiento de los ciclos hidrológicos de vastas zonas de los continentes.

También de las selvas se obtienen un elevado número de medicamentos, el cual sabemos se incrementará enormemente a medida que estudiemos mejor su magnífica diversidad de especies.

Como si lo dicho fuera poco, la conservación de los bosques garantiza que éstos continúen regulando el clima mediante la absorción de gigantescas cantidades de gases de efecto invernadero del aire. Su buena salud le asegura la vida a la más grande diversidad de seres vivos que habita el planeta, y que hace de la Tierra un planeta extraordinario.

Es oportuno recordar que cuando hablamos de conservar las selvas, los montes y demás asociaciones arbóreas, nos referimos a realizar en ellos un manejo racional, que permita su aprovechamiento sin comprometer su sustentabilidad; todo lo contrario a que ha venido sucediendo.

El enorme desafío del presente es que necesitamos de toda la sociedad para alcanzar el éxito.

Hay que superar la errónea creencia de que son casi infinitos e indestructibles los grandes ecosistemas que se extienden entre las ciudades. El mundo se achicó y, al igual que nos impone la vida citadina, debemos aprender y aplicar nuevas reglas y limitaciones para vivir lo mejor posible en este planeta.

Un ejemplo de ello es sustituir la obsesión que existe con el crecimiento económico basado en la cantidad de materiales que podemos consumir, por una mirada de crecimiento económico en términos de una mejor calidad de vida, que es muy diferente.

Se trata de una verdadera reeducación de la humanidad.

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