El lado oscuro de Lula

CLAUDIO FANTINI

Aunque no parezca, Lula tiene un lado oscuro. Gobernó sin sectarismos y su gestión fue, en lo económico y social, la más eficaz de la historia de Brasil. Pero su última decisión como presidente muestra ese costado opaco.

Tiempo atrás, entregó a dos boxeadores cubanos que pelearon en un torneo carioca y luego pidieron asilo político. No habían cometido ningún crimen. Sólo querían vivir en otro sistema; pero cuando el régimen cubano reclamó a los desertores, Lula accedió a entregarlos a pesar de que en La Habana los esperaban los castigos que el castrismo aplica a disidentes.

En cambio, su último acto de gobierno fue negar a Italia la extradición de un prófugo de la Justicia, condenado por cuatro asesinatos. El beneficiado es Cesare Battisti. Los crímenes de los que fue encontrado culpable fueron cometidos en nombre del PAC (Proletari Armati per il Comunismo). La organización era el brazo más letal de las Brigadas Rojas, el grupo terrorista liderado por Renato Curcio que, en la década del 70, ensangrentó la democracia italiana y ejecutó sin piedad ni razón al entonces primer ministro, el democristiano Aldo Moro.

La Corte Suprema de Brasil recomendó extraditar a Battisti, pero Lula, el mismo que entregó disidentes a un régimen de partido único, otorgó estatus de refugiado al condenado por la justicia garantista de un Estado de Derecho. ¿Por qué?

Tal vez porque con esa chequera externa Lula pagaba el aprecio de cierta izquierda que, de otro modo, lo hubiera acusado de continuar el modelo económico heredado para asentar las bases del desarrollo capitalista.

La economía brasileña ni siquiera se parece al modelo bolivariano. Por mucho menos fueron duramente descalificados varios líderes del centroizquierda aggiornado. Si a Lula no lo tocan, algo tiene que ver esa gesticulación externa tan poco emparentada con su política interna.

La decisión de liberar al brigadista rojo posiblemente fue una concesión a miembros de la izquierda dura del PT, que arrastran vínculos externos desde las décadas más ideológicas del siglo 20. Con eso, Lula logra que le toleren su aceptación del mercado como parte importante de la economía.

A Dilma Rousseff, el caso prometía dañarla. Si decidía no extraditarlo, algunos la habrían acusado de apañar a un criminal relacionando tal decisión con su pasado en organizaciones armadas. Y si decidía extraditarlo, el ala dura del PT la habría acusado de traicionar su propia historia, entregando a un camarada que mató por la dictadura del proletariado.

Por eso Lula asumió la decisión. Lo hizo a último momento para que la polémica nazca extinguida. Al fin de cuentas, para qué discutir lo que hizo un ex presidente cuando ya hay nuevo gobernante.

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