Faroppa

LEONARDO GUZMÁN

Entre los 50 y los 70 el Contador Luis Faroppa saltó de la carpintería familiar a la convicción ciudadana, el señorío personal y la cátedra fecunda.

Se fue en la modestia de su retiro, pero encendiendo paradojales luces de esperanza. Anteayer en el Senado, todos los partidos políticos le rindieron homenaje, con el Presidente José Mujica en el palco. Astori y Couriel lo evocaron como profesor independiente e inspirado, subrayando la influencia que tuvo Faroppa en el devenir intelectual de cada uno de ellos. Pues bien. Un país donde los adversarios reconocen y valoran juntos a los maestros que tuvieron en común se aleja del riesgo de dividirse por zanjas intransitables. Un Senado donde puede aflorar lo íntimo del diálogo entre docentes de tiendas distintas recupera y afirma lo humano.

Naturalmente, al hablar de Faroppa lo evocaron como batllista. ¡Vaya si lo recordaré como tal! Tras haber tendido un puente natural entre su matriz conceptual y el desarrollismo que desde Cepal alentaba Raúl Prebisch, llevó su firma a El Día en tiempos en que hacerlo era particularmente incómodo, en los años duros de los 70.

Es que nunca dejó de palpitar con y por las instituciones republicanas: entendía a la economía desde el hombre entero, igual que el inolvidable Eduardo Acevedo Álvarez, que frente al golpe de Estado de Gabriel Terra renunció en el acto como Ministro de Hacienda y corrió a Río Branco y Colonia para estar junto a Baltasar Brum en su dilema de entregarse a la policía o inmolarse. Eran ciudadanos que sentían que la batalla obrero-empresarial, el PBI y la construcción de la historia son tarea de la libertad y por eso defendían enteros los derechos del hombre por encima de cualquier modelo en boga.

Del estado de asamblea en que coloca al Uruguay el modo de discurrir del actual Presidente, puede resultar un bien si cada ciudadano asume la responsabilidad de pensar por sí mismo en cada esquina y a cada instante. El país ha vuelto a constituirse en laboratorio político; y sólo el tiempo dirá a qué altura ha de ascender la religión nacional de la libertad, la pasión por la justicia y el hábito de razonar en la plaza pública, cuando se haya agotado el intento de erigir infecundos mitos intermedios -la sociedad, la lucha de clases, la pertenencia- entre la persona y la Constitución. Pero sean cuales sean las fatigas y alegrías que vengan, refulgirá siempre el legado de los hombres que, como Farop-pa, hicieron culto de lo concreto sembrando principios, lucharon contra la pobreza por amor al prójimo y no por odio clasista y tendieron puentes prácticos entre el pensar teórico y el afán nuestro de cada día.

En un país que ha puesto de moda colocarle flecha política al recuerdo de sus servidores, la unanimidad y hondura del homenaje a Faroppa nos trajo destellos de nuestra mejor tradición ciudadana. Tras un año donde ha habido hechos imposibles de apretar en la dimensión de estas notas, valen balance las bases filosóficas del ideario de Faroppa y vale esperanza el reencuentro en él de quienes lo sentimos nuestro, antes y más allá de fronteras ideológicas. Y si vale esperanza, vale vida.

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