Pablo Da Silveira
El enfrentamiento entre la Intendencia de Montevideo y ADEOM es el punto culminante de una de las olas de conflictividad sindical más feroces que ha conocido el país. Lo bueno es que esa ola puso en evidencia la falsedad de un par de convicciones en las que la izquierda siempre quiso creer.
La primera de esas creencias es que si alguien es "de abajo" (en un sentido amplio de la expresión que sólo excluye a los ricos) entonces sus motivos son puros y sus procedimientos son rectos. Y cuanto más "de abajo" sea el actor, mayor será su pureza y rectitud. Es la vieja idea del buen salvaje de Rousseau aplicada a la lucha de clases.
Esta manera de ver las cosas tiene mil expresiones concretas. Si hay un conflicto entre un empleado y un empleador, se asume que el bueno de la película es el empleado. Si el choque es entre un deudor y un acreedor, la solidaridad automática se pone del lado de quien debe. Si la cosa es entre un inquilino y un propietario, se asume que la víctima es quien alquila.
Todas esas ideas son prejuicios, es decir, convicciones que se adoptan sin hacer ningún esfuerzo de verificación. Pero la experiencia enseña que la pureza de intenciones y la limpieza de procedimientos no se distribuyen de un modo tan simple. Es perfectamente posible encontrar actitudes estratégicas, demandas injustificables y procedimientos censurables en cualquier grupo humano.
Que una organización sea un sindicato (en lugar de, digamos, una gremial empresarial) no proporciona ninguna garantía a priori. Que ese sindicato integre a recolectores de basura y no sólo a empleados de cuello blanco no la hace mejor. El cinismo, la prepotencia y la rapacidad pueden encontrarse en todas partes. Otra convicción asumida ciegamente por la izquierda es que, si alguien es "de abajo", entonces representa a la parte débil en toda negociación o conflicto. Por ejemplo, si hay alguna clase de enfrentamiento entre un empleado y un empleador, se toma como un axioma que el primero es quien debe ser defendido. Si hay un litigio entre un inquilino y un propietario, se asume que el propietario es el abusador.
Pero basta vivir un poco para saber que todo es más complicado. Si un conflicto enfrenta a un pequeño empleador con unos empleados que cuentan con el respaldo del PIT-CNT, es altamente probable que el empleador sea la parte débil. Su capacidad de negociación es muy reducida, porque cualquier distorsión de la actividad puede desbaratar el precario equilibrio en el que vive. Sus empleados, en cambio, cuentan con el apoyo de una poderosa organización.
Mucha gente de izquierda se asombra en estos días al descubrir que los empleados públicos se niegan a trabajar seis horas o al constatar que los afiliados de ADEOM tienen un desprecio olímpico hacia las condiciones de vida de quienes les pagan el sueldo. Pero esto sólo demuestra que han vivido encerrados en una visión adolescente del mundo, obsesionados por confirmar que están del lado de los buenos.
La izquierda uruguaya está haciendo los aprendizajes que la socialdemocracia europea hizo en los años setenta. El reloj le atrasa unos cuarenta años.