Participación y valores

Pablo Da Silveira

El concepto de participación parece ser uno de los ejes ideológicos de los gobiernos frentistas. Desde la política educativa hasta la municipal, muchas decisiones parecen presuponer que es deseable aumentar la proporción de ciudadanos movilizados y reducir la proporción de aquellos que se limitan a respetar las leyes y elegir a sus representantes.

¿Es buena cosa que un gobierno se fije este objetivo? Una de las maneras clásicas de afirmarlo consiste en decir que la participación contribuye a fortalecer los valores cívicos. Un ciudadano que participa se siente más comprometido con el destino de su sociedad, aprende a considerar otros puntos de vista y tiene más oportunidades de involucrarse en la defensa de causas comunes en lugar de limitarse a perseguir sus intereses privados.

Así formulado, el argumento encierra una cuota de verdad. Es cierto que la deliberación y la decisión colectivas pueden enseñarnos muchas cosas buenas. Tras haber visto funcionar las asambleas de ciudadanos en las pequeñas ciudades estadounidenses del siglo XIX, Tocqueville afirmó, que esas reuniones eran "a la libertad lo que las escuelas primarias al conocimiento".

El problema de este argumento no es que sea falso, sino que es incompleto. Así como la participación en ámbitos de decisión colectiva puede ponernos en contacto con valores y virtudes cívicas, también puede enseñarnos vicios o sumergirnos en una cultura autoritaria. Cualquiera que haya tenido contacto con asambleas reales (ya sea en el ámbito sindical, político, estudiantil o cooperativo), sabe que su funcionamiento habitual puede estar muy lejos de cualquier imagen idealizada.

Entre las cosas que pueden aprenderse en el mundo de las asambleas está el arte de demorar artificialmente las discusiones hasta que sólo queden los militantes que responden a las dirigencias. O el arte de retacear información. O el arte de intimidar a los disidentes. En el mundo de las asambleas se puede aprender el diálogo y tolerancia, pero también es posible incorporar la manipulación y la prepotencia hasta el punto de quedar encerrado en un ambiente endogámico al que apenas llegan ecos de la diversidad que existe en la sociedad.

Estas observaciones no constituyen un argumento descalificatorio de las experiencias participativas. Lo que sugieren, más simplemente, es que en ese ámbito se pueden encontrar tantos vicios y virtudes como en otros. No es verdad que los espacios de participación generen siempre buenos ciudadanos, ni es verdad que todos los buenos ciudadanos provengan de esos espacios. La actividad productiva o comercial pueden enseñar virtudes igualmente valiosas.

Todo esto es penosamente trivial. Pero es necesario recordarlo para decir que, si alguien quiere defender la participación como ideología de gobierno, no puede hacerlo argumentando que la participación es siempre una escuela de democracia. La vida real es más compleja que eso. Una cosa eran las inocentes asambleas de ciudadanos que vio Tocqueville en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, y otra muy distinta es una asamblea de Adeom.

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