Francisco Faig
Sudáfrica 2010 proporcionó al país una narración épica y popular.
Ahora, por televisión o por Internet, los uruguayos podremos volver a vivir cuantas veces queramos una gesta gloriosa y sobre todo, reciente.
El deportista que jugó quebrado, la atajada del mundial, el penal decisivo, el orgullo de presentar el mejor jugador del torneo, la mejor defensa del certamen, el gladiador de la mitad de la cancha, las memorables atajadas de penales, la implacable verificación de la injusticia arbitral en semifinales.
Hay material para conmoverse identificando un sentir colectivo que retoma con la querida excepcionalidad nacional, esa que por mandato de la Historia, relatado una y mil veces, sitúa a un pequeño país en el cono Sur de América conocido en todo el mundo por ser capaz de grandes epopeyas.
Todo eso es verdad y nos hace mucho bien. Finalmente, luego de tantas décadas de añoranza de un pasado mejor, resulta que desde lo más popular de la cultura nacional que es el fútbol tenemos de qué sentirnos orgullosos. Sí, podemos crecer y ser más ricos, reencontrar cierto talante político que cree en grandes acuerdos nacionales, estar orgullosos de nuestra democracia (comparada en el continente) y además, ser reconocidos internacionalmente.
Pero hay que entender por qué fue exitoso Sudáfrica 2010. No caigamos en la tentación, tan extendida, de explicar lo que ocurrió apelando a razones mágicas, como por ejemplo, un renacer de la garra charrúa.
Porque el enorme daño identitario que nos hizo Maracaná fue que cedimos a la autocomplacencia de creernos predestinadamente superiores al resto de los países y nos olvidamos, cómodamente, que siempre el éxito es la consecuencia del trabajo infatigable.
Para tener un lugar de destaque se precisa sí humildad, solidaridad y compañerismo. Eso que transmitió este grupo y que la gente entendió sin ambages: ser buena gente.
Pero en estos tiempos de optimismo también importa recalcar que detrás de toda empresa exitosa hay muchas horas de trabajo y disciplina, espíritu de superación, y apertura mental en busca del sentido de excelencia. Y estos deportistas que tan bien representan valores queridos por nuestra sociedad tuvieron también todo eso.
La inmensa mayoría de ellos se desenvuelve en las grandes ligas del mundo: conocen la exigencia internacional, son profesionales dispuestos a grandes sacrificios personales y familiares para ser exitosos. El ejemplo de Diego Forlán es en este sentido el más ilustrativo de todos, por sus grandes y repetidos logros internacionales y por su enorme y conocida disciplina profesional.
Nos costó 60 años eludir la pérfida sombra cultural de la garra charrúa de Maracaná. No repitamos el error de transmitir la anécdota mítica de una hazaña desdeñando sus bases reales. El nuevo relato debe narrar que no es con milagros ni predestinación que nos destacamos y construimos un promisorio futuro. Es con el sentido de excelencia individual y con el espíritu solidario colectivo que conjugó este equipo en Sudáfrica.