CLAUDIO FANTINI
La inquietante Europa de estos días muestra, en el nuevo gobierno británico, el signo de la incertidumbre que la ensombrece. No saber qué ocurrirá con el euro ni cuándo terminará esta crisis ha generado una búsqueda que rompe moldes ideológicos y tradiciones partidarias. Lo prueba la inaudita sociedad que encabezan David Cameron y Nick Clegg. En síntesis, el gobierno más extraño que ha tenido Gran Bretaña.
Que el primer ministro sea el más joven desde que Robert Jenking ocupara el cargo a los 42 años en el siglo 19 es una novedad menor en comparación con las otras novedades que implica este gobierno. Por caso, es la primera coalición desde la que compartieron tories y laboristas en 1940, algo tan excepcional como la circunstancia que lo motivó: la Segunda Guerra Mundial.
En Europa hubo otros casos, sin guerra de por medio, como los gobiernos alemanes de "Gran Coalición" entre conservadores y socialdemócratas, encabezados por Kiessinger y Brandt en los años 60, y por Merkel y Steinmeier en esta década.
Más histórico aun es que se trate de la primera coalición derecha-izquierda de todos los tiempos, ya que los conservadores se asociaron con el Partido Liberal Demócrata (PLD), que en el arco político está a la izquierda del laborismo. Tan extraño como si en España, el Partido Popular se aliara con Izquierda Unida, salteándose a los socialdemócratas de Felipe González y Rodríguez Zapatero.
La cuestión es que, en el actual caso británico, no hay guerra ni totalitarismo detrás de la excepcionalidad. Por cierto, el tablero político ofrece sus explicaciones. Los conservadores saltearon a los laboristas, que son más centristas y salieron segundos en las urnas, para aliarse con los terceros y más lejanos políticamente, porque una coalición con el PL hubiera incluido al desgastado Gordon Brown, un hombre de intelecto vigoroso y sólida formación, pero al que tocó en la "Tercera Vía" el mismo rol que, respecto al thatcherismo y la "revolución conservadora", cumplió John Major: la decadencia de un fin de ciclo.
A su vez, los liberal-demócratas prefirieron a los tories porque una alianza con el laborismo habría requerido sumar, además, a los partidos nacionalistas de Escocia, Gales y el Ulster para conformar un gobierno estable.
Pero la extraña coalición también fue posible por el pragmatismo de ambos líderes. Clegg asesoró a eurodiputados tories y siempre fue centrista dentro del PLD, mientras que Cameron no es ortodoxo en lo económico y escandaliza al ala dura de su partido por su apertura en temas como aborto y matrimonio gay.
Más allá de lo que logre esta extraña pareja, el acuerdo que los unió traerá un cambio definitivo: de aprobarse una reforma electoral en el referéndum que pactaron, el futuro británico estará poblado de gobiernos de coalición, como ocurre en el resto de Europa.