Tiempos de cambio

Hernán Sorhuet Gelós

Se puede decir que está despertando la conciencia ambiental de la sociedad, aunque todavía no se refleje en las decisiones de mayor peso.

Si echamos un vistazo al sistema educativo, veremos que la actual ley de educación (Nº 18.437 de 12/12/2008; art. 40) establece a la educación ambiental, como una de las líneas transversales a contemplar en todos los niveles educativos. Es un avance que podrá ser significativo en la medida que se haga operativo, mediante una buena reglamentación.

Uno de los grandes desafíos es de qué manera materializar la promocionada "transversalidad" en un sistema educativo como el nuestro, que se ha caracterizado por la solidez de sus compartimentos estancos.

Sin ir en desmedro del interés primordial en el bienestar de las personas, la educación ambiental promueve una revalorización del entorno humano que va mucho más allá de la simple cuantificación económica de algunos de sus componentes (recursos naturales), y la exigencia de luchar sin cuartel contra la iniquidad. Obliga a replantearnos la percepción y la visión el mundo, sobre la base de que la complejidad de la realidad es mucho mayor que la simple sumatoria de sus componentes materiales.

En otras palabras, este enfoque educativo conduce a que la sociedad se plantee cambios profundos, porque los hechos cotidianos dejan en evidencia la insustentabilidad del modelo de desarrollo tal cual está planteado. Alcanza con prestar un poco de atención a lo que está ocurriendo en el terreno de las negociaciones para mitigar y adaptarnos al cambio climático.

Todos sabemos que los cambios de fondo atemorizan y generan mucha incertidumbre. Por esta razón la educación ambiental, con toda la lógica que la sustenta, ha transitado durante años por caminos tortuosos y llenos de obstáculos.

Pero tantas dificultades también suelen dejar buenas enseñanzas. En el III Encuentro Nacional de Educación Ambiental para el Desarrollo Humano Sustentable realizado en Montevideo hace unos días, se discutieron asuntos muy interesantes, considerando la singular conformación que tiene la Red Nacional de Educación Ambiental -integrada por sectores gubernamentales y numerosos representantes de la sociedad civil-, existió consenso en cuanto a que la educación formal y no formal son ámbitos esenciales para la formación de las personas. No compiten sino son complementarias en la formación permanente de los individuos.

El buen relacionamiento alcanzado debe valorarse como un gran avance porque optimiza recursos y potencia esfuerzos hacia objetivos compartidos. Esta mejora en la comprensión mutua sucede en un momento oportuno, pues es tiempo de lograr la mejor reglamentación posible de la ley de educación, y también de avanzar con pasos firmes en el reclamo que llega de todos los sectores de la red: acordar un plan nacional de educación ambiental ajustado, lo mejor posible, a las características y necesidades de nuestra sociedad, para que la guíe hacia niveles de desarrollo humano auténticamente sustentables.

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