DIEGO FISCHER
Constituyen las postales más tristes y dolorosas de Montevideo. Se los puede ver en todos los barrios y se hacen más evidentes en estos días en que los primeros fríos anuncian la llegada del invierno. Son los cientos de marginados que viven en la calle. Si es que se le puede llamar vida a eso. Se trata de ciudadanos como usted y como yo que deambulan por la ciudad revolviendo contenedores de basura durante el día y que por las noches se tiran a dormir en plazas, umbrales de edificios o debajo del puente de Sarmiento, donde hasta el jueves último había siete personas cuyas edades, aunque difíciles de establecer con precisión, estimo que no superan los 40 años.
Hace cinco años se creó el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) con el cometido -entre otros- de dar solución a situaciones como éstas. Muchas veces he visto las brigadas del Mides recorriendo las calles de la ciudad y tratando de trasladar a dichas personas a refugios. También hay varias ONG que cumplen funciones similares.
Pero el problema no se soluciona. ¿Por qué? Se dice que la mayoría de estos hombres y mujeres, niños, adolescentes, adultos y ancianos son enfermos psiquiátricos crónicos, alcohólicos irrecuperables o ambas cosas. O que no quieren abandonar la calle porque la droga ha destruido su capacidad de razonar.
Se ha dicho además que rechazan toda ayuda porque en algunos casos están en esa situación hace más de 15 años. No tienen nada, lo han perdido todo, hasta la voluntad de superar la adversidad.
La Constitución de la República indica que el Estado debe velar por la salud y el bienestar de sus ciudadanos. Y si bien es verdad que los individuos que viven en la calle son las llagas aún vivas de la crisis del 2002, no es menos cierto que en los últimos seis años el Uruguay ha tenido la fortuna de vivir un tiempo de bonanza y crecimiento económico casi sin precedentes. El Estado ha recaudado, y vaya cómo.
El gasto público creció de manera exponencial en estos años. Pero como en La Nona, la obra de teatro de Roberto Cossa que interpretó magistralmente Alberto Candeau, se fagocita todo.
Quizás si estos hombres y mujeres se organizaran o fueran afiliados al Pit-Cnt, el gobierno abordaría el problema cabalmente. No tienen voz. No pueden hacer lobby. Su único horizonte es de alcohol o de droga. Y además 600 u 800 potenciales votos no deciden una elección nacional. Están librados a la buena de Dios.