Regresión

LEONARDO GUZMÁN

Informó El País que para disminuir la cantidad de muchachos que dejan las aulas, Secundaria dispuso -una versión- o alentó -otra versión- la flexibilización de las exigencias en los tres primeros años lectivos.

¡Lo que faltaba!

Se razona así: si a los que hoy desertan se les reclama menos esfuerzo, se les tolera más materias previas y se les deja de computar las faltas disciplinarias como inasistencias, pues se quedarán a hacer poco y será mejor que nada. Se piensa, pues, al liceo como un reducto de retén. A la vista de la desorientación de muchos adolescentes y pensando en los contingentes de marginados sin destino del Uruguay de hoy, suena bien. Pero -no nos engañemos- desnaturaliza la esencia educativa del quehacer liceal. Y si eso fue siempre peligroso, mucho más lo es ahora, cuando la formación cultural y personal viene barranca abajo.

Ya es bastante bochorno que nuestra Secundaria tenga la tasa de rendimiento más baja del Mercosur, para, además, oficializar la caída dándole patente de corso a la haraganería, tan luego en la etapa en que la personalidad debe abrazar el hábito de exigirse cada vez más.

¡No fue con ese concepto que surgió la escuela pública de Varela! ¡No fue ese el sueño de Armand Ugón, Ossimani, Vaz Ferreira y Grompone cuando fundaron sucesivas etapas del liceo del siglo XX! El programa de todos ellos fue sembrar inquietudes, entusiasmar por saber, enamorar de ideales. Y ese sueño no lo derogan las doctrinas que reducen la educación a una mera técnica de inserción social o laboral, olvidando que educar es potenciar las energías para ir tan lejos como permitan los sentimientos, la inteligencia y la voluntad.

El art. 70 de la Constitución Nacional establece: "Son obligatorias la enseñanza primaria y la enseñanza media, agraria o industrial. El Estado propenderá al desarrollo de la investigación científica y de la enseñanza técnica. La ley proveerá lo necesario para la efectividad de estas disposiciones."

Viola diagonalmente "la efectividad" de esa norma, toda degradación de la enseñanza media que le disminuya su nivel aun más abajo de la insuficiencia que ya exhibe, ante la indiferencia de los que sólo hablan de presupuesto sin importarles la calidad de lo que siembran. Cuando en 1966 las urnas le dieron rango constitucional a la obligatoriedad de la enseñanza media, el proyecto era edificar el alma de un pueblo capaz de insertarse con honor en la mejor cultura del mundo. No se plebiscitó resignarse a saber cada vez menos.

Las décadas corridas probaron que los pueblos que más imparten lógica matemática y gramatical, ciencias duras y cultura general, discurren y luchan mejor, fortaleciendo su economía al ensanchar su horizonte. Ahí están Corea, Nueva Zelanda, Finlandia, echándonos en cara nuestro tiempo perdido. Nuestro país, que tendió siempre un puente entre la enseñanza y la filosofía práctica, debe saltar todas las vallas ideológicas para oponerse al achique de su proyecto humano, buscando máximos en el aula y en las esquinas.

¿O ahondaremos las diferencias sociales mientras se declama en su contra?

"Ahí están Corea, Nueva Zelanda, Finlandia, echándonos en cara nuestro tiempo perdido".

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