Gobierno y sindicatos

Hebert Gatto

Mientras avanza el nuevo año, los uruguayos con sensibilidad política, lo reciben doblemente divididos. Más de la mitad de los frentistas, confiados en la administración entrante y en el anunciado giro a la izquierda aguardan complacidos su prometida radicalización. La porción restante, identificada con el gobierno saliente, menos eufórica, apuesta a sus fuerzas y a su presunta capacidad, para limitar posibles excesos de sus socios.

Por fuera de la izquierda, los orientales seguidores de los partidos tradicionales, más circunspectos y en lo que refiere a los herreristas con una definida sensación de derrota, no ocultan aprehensiones y por sobre todo incertidumbres. Por más que nadie sienta que su modo de vida se encuentre realmente en peligro.

Por su lado y con un estilo dialogal despojado de ideologismos, el flamante presidente procura tranquilizar a unos y a otros. A sus huestes, eligiendo ministros proporcionalmente a la fuerza electoral de cada uno, lo que supone la clara predominancia del MPP en el gabinete; a sus adversarios ofreciendo la designación de opositores en los entes y organismos de contralor y adelantando consultas y participación en la resolución de los temas pendientes.

Se orienta por una estrategia que, si se basara únicamente en las fuerzas político partidarias, podría seguramente permitirle profundizar en la gestión de su antecesor y encarar sin mayor oposición reformas en temas tan vitales como la educación y la reforma del estado. Más todavía, si fuere cierto, como se repite, que el poder del MPP se basa, en su prestigio y sus votos, con lo que su influencia moderadora es decisiva.

Ocurre sin embargo que en la democracia uruguaya, el sistema político comparte su poder con la sociedad civil y sus múltiples organizaciones. A esta elogiable particularidad, que amplifica la participación ciudadana y enriquece la vida política, debe sumarse un aspecto menos deseable: estas organizaciones sociales, muy conservadoras en sus definiciones, se encuentran en su mayoría, fuertemente ideologizadas, lo que las distancia de la orientación política de los partidos políticos mayoritarios, incluyendo los de la propia izquierda.

Así mientras estos colectivos muestran a partir de la década de los noventa del siglo pasado una creciente tendencia a la moderación con desplazamiento hacia posiciones social demócratas, las corrientes sindicales la resisten porfiadamente, aferradas a visiones radicales que se identifican con el protagonismo económico y cultural estatal, de ser posible monopólico. Esta actitud combinada con el inevitable corporativismo que identifica a los gremios, concebidos para defender intereses sectoriales, los convierte en protagonistas difíciles para negociar políticas globales de modernización, que urgen al país en varias áreas.

Por eso, por allí, en sus vitales relaciones con la sociedad, asoma, por ahora, uno de los principales obstáculos para el flamante gobierno.

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