JUAN MARTÍN POSADAS
El calor del verano induce a filosofar? Es asunto discutido. Por si fuere así propongo estas reflexiones surgidas de una columna de J. Kampfner en Newsweek.
Este autor constata que en la medida en que la gente va adquiriendo un nivel de vida desahogado no hace cuestión de entregar libertad a cambio de seguridad y confort. Kampfner no se refiere a países de tipo totalitario o estados policíacos. Se trata de algo más sutil, con buenos modales y más generalizado; países donde los ciudadanos pueden disponer de sus asuntos a su antojo, donde tienen posibilidad de viajar a donde quieran, pueden leer lo que deseen, comprar, vender y redondear un patrimonio del tamaño que permita su bolsillo. Pero, a cambio de todo eso, el ciudadano se abstiene -y lo hace sin resquemores- de criticar al gobierno, de preocuparse sobre las formas como se accede al poder, (limpieza de las elecciones), frecuencia con que rotan los gobernantes (o si no rotan) y en qué condiciones se retiran.
Siempre se ha dicho, y pasó a integrar el acervo de la sabiduría convencional, que la clase media es el sostén de los sistemas democráticos. Asimismo se da por sentado que, entre los valores típicos de la clase media -cuentas claras, trabajo duro, respeto por las formas- se encuentra el sistema democrático de gobierno. Barrington Moore -conocido sociólogo americano fallecido en 2005- en su trabajo sobre los orígenes sociales de las dictaduras y las democracias, consagró la frase: "no burgeois no democracy".
Puede ser verdad que los valores y estilos de la clase media sean una base para asegurar la implantación y, sobre todo, la durabilidad de un sistema democrático. Pero -y hacia ese punto discurre esta reflexión- hay una cantidad de ejemplos contemporáneos de países que salen de regímenes dictatoriales, pasan a una economía capitalista, progresan económicamente como para dar origen a una extendida clase media, pero no muestran ninguna urgencia por implantar un régimen democrático. Ver los casos de Rusia, Europa del Este y China.
Pero no sólo allí ocurre ese fenómeno. En otros lugares insospechados la gente se desentiende de sus derechos civiles y del sistema democrático con tal que le den seguridad y no se metan con ella: el consumismo en paz es el ideal. ¿Qué otra explicación existe para el caso de los italianos -una nación culta y de antiquísima prosapia- que han votado tres veces seguidas por un señor que ha desmantelado el sistema judicial, que es dueño y controla casi todos los medios de comunicación, que ha llevado la deuda pública de Italia a 117% del PBI (el tope que permite la Unión Europea es 60%), y que publicita sus festicholas sin mengua de prestigio? ¿Por qué los argentinos -cultos, ricos y de refinado gusto- se han desentendido de los procesos políticos de su país (excepto cuando les ponen detracciones al campo) y conviven sin estrés con una grosera corrupción pública?
Si puedo moverme con seguridad en el supermercado del consumo me importa poco la libertad de prensa, la rotación de los partidos en el gobierno, la observancia de la Constitución o las libertades civiles; así funcionan muchas cabezas (no sólo en Italia y Argentina).