Averiguar más y estar más presentes

DIEGO FISCHER

Reponemos un promedio de 15 carteles por semana", me dijo un funcionario de la empresa de mobiliario urbano JC Decaux el miércoles pasado mientras colocaba el vidrio y el aviso publicitario de una marquesina ubicada en bulevar Artigas y García de Zuñiga.

El cartel amaneció hecho añicos el domingo último, luego de que un grupo de jóvenes envalentonados por el alcohol estrelló en él una botella de cerveza.

"Es una creciente costumbre que se da de manera sistemática todos los sábados por la noche", me comentó el trabajador de la compañía francesa que, hace un tiempo, ganó la licitación convocada por la Intendencia de Montevideo .

Son unos trescientos carteles y marquesinas que JC Decaux instaló en casi todos los barrios de la ciudad.

No obstante, el funcionario me informó que la mayor cantidad de destrozos se registran en Carrasco y Pocitos; y son provocados por jóvenes alcoholizados o drogados que arremeten contra los avisos publicitarios en horas de la madrugada.

Siempre andan en grupo, nunca o casi nunca solos. Irónico ¿No? Jóvenes de las zonas más privilegiadas de la ciudad, los que más posibilidades de educación seguramente tienen y las necesidades básicas mucho más satisfechas, son los que cometen actos de vandalismo en su propio barrio. ¿Dónde estarán sus padres? ¿qué pensarán?, ¿sabrán lo que sus hijos hacen de noche? ¿Conocerán a sus amigos? ¿Estarán al tanto de que consumen alcohol en cantidades siderales?

Quizás, lo que a estos muchachos y chicas les falte es la presencia de padres que sepan decir que no y que aunque resulte incómodo y aparentemente anticuado pregunten y averigüen como lo hacían los nuestros cuando éramos adolescentes e íbamos a salir.

No hace tanto tiempo, algunas décadas no más. Y por si no se acuerdan las preguntas eran estas: ¿Adónde vas?, ¿con quién más vas?, ¿a qué hora volvés?, ¿va a haber algún mayor en la casa en que se hace la fiesta?, ¿me dejás el teléfono?.

Claro, algunas preguntas han sido superadas por estos tiempo de teléfonos celulares y mensajes de texto; pero no su esencia y su sentido.

Quizás si se aplicase aquella fórmula, serían menos, muchos menos los carteles destrozados y sin dudas también menos los problemas que están detrás de esa violencia que aflora en los adolescentes que eligen el alcohol, como se ha elegido siempre: para ahogar las penas o evadirse de la realidad.

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