CLAUDIO FANTINI
Argentina lo vivió como un insulto. Desde el 2005, Ahmad Vahidi era un alto miembro del poder en las sombras que tiene la teocracia iraní. Pero que Mahmud Ahmadinejad lo haya sacado de esa tiniebla, nombrándolo ministro de Defensa, es una ostentación de indiferencia hacia el país que reclama su extradición como presunto autor de la masacre perpetrada en 1995 en el corazón de Buenos Aires.
Si la sospecha argentina no tuviera fundamentos, Interpol no hubiera puesto a Vahidi en la lista de los buscados por crímenes internacionales. Al fin de cuentas, lo delata haber sido jefe de los comandos Al Quds, el brazo secreto de los Pasdaran, esos cuerpos de elite creados por Jomeini y conocidos como Guardianes de la Revolución.
Además de adoctrinados en el más extremo dogmatismo, los miembros de este grupo de operaciones especiales han sido entrenados para ejecutar acciones terroristas en lejanos rincones del planeta y tienen la exclusividad en la realización de operaciones secretas fuera de Irán. Por eso Al Quds es un punto de contacto entre la teocracia persa y el Hizbolá, la organización político-militar de los chiítas libaneses que preside el jeque Sayyed Hasán Nasrala. Los servicios de inteligencia del Líbano revelaron que junto a agentes secretos sirios, coordinaron la ofensiva de Hizbolá durante mayo del 2008 sobre los barrios sunitas del oeste de Beirut y la región del Chouf, dejando más de cien muertos.
Por cierto, también se encargó de que el Ejército del Mahdí, del joven ayatola iraquí Muqtad al-Sadr, se levantara contra el gobierno de Nuri al-Maliqui, el liderazgo moderado del ayatola Al-Sistani y, obviamente, las fuerzas de ocupación en la provincia de Basora, corazón del Sur chiíta de Irak. Además, financia y entrena a los atacantes suicidas de la Yihad Islámica en Cisjordania y la Franja de Gaza. Pero lo que más importa en la Argentina es la relación entre este cuerpo militar secreto de la República Islámica y el Hizbolá, porque ese grupo libanés estaría detrás de la masacre de la AMIA. Y el vínculo entre el cuerpo de elite de los Guardianes de la Revolución y Hizbolá se hace visible, por ejemplo, cuando el coronel Alí Raza Tamiz, jefe de los equipos de tecnología militar de Al Quds, organizó la instrucción de chiítas libaneses en manejo de misiles Ra`ad y Shahín, que fueron clave en la última confrontación entre la milicia y el ejército israelí. En rigor, Alí Reza Tamiz habría preparado al Hizbolá en el manejo de muchos tipos de equipo bélico de tecnología avanzada.
Es por eso que, si Hizbolá participó de un modo u otro en el peor ataque sufrido por Argentina en su propio territorio, seguramente el grupo iraní de operaciones especiales en el exterior fue parte de esa trama. Ocurre que la organización chiíta libanesa tiene mucho poder de fuego para asegurarse una posición fuerte dentro del Líbano, además de capacidad para atacar con misiles y realizar operaciones relámpago en la Alta Galilea, pero en modo alguno puede planificar, organizar la logística y ejecutar un atentado como el que laceró Buenos Aires.
Sólo el brazo secreto de los Pasdarán iraníes puede diseñar una operación externa de semejante envergadura. Y el comandante de ese cuerpo de elite en los tiempos de la masacre de la AMIA era, precisamente, Ahmad Vahidi, el personaje de la mirada vidriosa que Mahmud Ahmadinejad acaba de nombrar al frente del poderosísimo Ministerio de Defensa y Seguridad de la República Islámica de Irán.