Sentido de excelencia

Francisco Faig

Suiza de América, Tacita de Plata, Atenas platense… a lo largo de varias décadas el país se forjó una imagen autorreferencial idealizada basada en la excepcionalidad continental y mundial. "Como el Uruguay no hay" se decía. Éramos excepcionales en los deportes, en la vida cívica, en la arquitectura, en la producción cultural -teatral, musical, literaria, etc.-. Éramos ricos como en los países centrales; estábamos felices de vivir en Uruguay.

El tiempo transcurrido nos devuelve hoy una imagen de país del montón, sin nada de lo que enorgullecernos demasiado. Ya no tenemos una democracia excepcional, nuestros laureles deportivos son recuerdos del pasado, la variada producción cultural del mundo hispanoamericano ya no nos tiene como referencia.

Somos un país de emigración desde hace más de 40 años. Nos enfrentamos a una fractura que se traduce en marginalidad social y en la desintegración de nuevas generaciones mal formadas que sienten como ajena la promesa de un futuro mejor. No somos ricos, ni siquiera los mejores del subcontinente en renta por habitante. En año de elecciones nos miramos en nuestro espejo identitario y definimos rumbos a seguir.

Está la tentación de resguardarnos en la tranquilizadora perspectiva nostálgica intentando reproducir las condiciones que construyeron aquel Uruguay. Aferrarse a la creencia en la garra charrúa, exigirle al Estado todas las respuestas, negar en los hechos que el mundo cambia. Buscar afanosamente conservar lo que está y temer todo cambio estructural por aquello de que "más vale malo conocido que bueno por conocer". Seguir creyendo en que somos excepcionales aunque nuestra realidad nos grite que no es verdad.

Pero tenemos otro camino para recorrer. Implica entender que ese país excepcional de antaño se forjó sobre la base de una exigencia de excelencia en la tarea a emprender. Fue porque tuvo esa actitud que logró en algún momento ser la excepción de América. No fue casualidad. Hubo un sustento de calidad, una voluntad de exigencia, un convencimiento de un futuro mejor. No era el país del más o menos, atado con alambre, que cuida el empate. No miraba la pálida región, sino que buscaba reflejarse en lo mejor de Occidente.

Si es cierto que el país precisa reencontrarse con su destino de excepcionalidad continental para asumirse en su identidad colectiva propia, es necesario que como ciudadanos retomemos con ese sentido de excelencia. Una excelencia que no se mire en el espejo omnipresente de la cultura popular argentina. Que se acerque a las mejores experiencias chilena, española, o brasileña para exigir mejor calidad en los servicios estatales, en el debate público, en la inserción internacional.

Un sentido de excelencia que restaure lo mejor del Uruguay que se construyó en las primeras décadas del siglo XX. Y que por tanto, en año electoral, precisa de un liderazgo político que nos conduzca hacia un futuro mejor apoyado en la cultura del esfuerzo, porque no hay excelencia sin sacrificio. Restaurar ese Uruguay implica, finalmente, avanzar en una tarea pedagógica que abandone los relatos mitológicos autocomplacientes que paralizan las fuerzas del país.

Revivificar el sentido de excelencia nacional es una tarea colectiva urgente para la República.

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