Un análisis de las internas

HEBERT GATTO

La "encuesta de encuestas" publicada por El País el pasado 23, confirma que en las elecciones internas la oposición sumada supera al oficialismo por cuatro puntos. A su vez Mujica, Lacalle y Bordaberry, afirman, cada vez con mayor comodidad, su posición de punteros en sus respectivos partidos. Si bien estos guarismos no son definitivos, parecen aproximarse a lo que serán los resultados de junio. Ahora bien, ¿qué significan realmente estas elecciones?, ¿cómo explicar razonablemente sus resultados?

Postularemos que en realidad, pese a que formalmente comparecen cuatro partidos: frentistas, blancos, colorados e independientes, no son ellos los que efectivamente compiten en las internas de junio. Y no lo son pues el Partido Independiente de hecho no concurre y existe otro agrupamiento, el Partido blanquicolorado (el nombre no es bueno, sólo descriptivo), que sí lo hace y de modo determinante, pese a no aparecer en la grilla. Miremos partido por partido.

Excluir de esta comparecencia a los independientes suena razonable, dado que tienen un solo candidato para la presidencia. Están por obligación. Su presencia real recién se conocerá en octubre.

En cuanto al Frente, como ya hemos argumentado, resulta claro que Mujica, pese a sus atipicidades, es quien mejor lo representa. Él encarna, como símbolo vivo, un radicalismo magullado pero no vencido que calza a la perfección con la sensibilidad de los frentistas. Para gran parte de ellos esta característica ideológica lo hace preferible, aun cuando no sea el candidato óptimo para captar votos de otras tiendas.

Los colorados no logran repuntar, pese a la pluralidad de nombres que pugnan por representarlos. Con o sin Bordaberry, las adhesiones partidarias disminuyen, y hoy son las más pobres de su historia.

Presumo que una parte importante de su drama electoral se relaciona con la competencia del joven partido blanquicolorado al que adhieren muchos de los antiguos colorados. Aun cuando al carecer de tradiciones y programas, no lo hagan de modo totalmente consciente.

En algunos aspectos se parece a la niñez, lo sostienen añoranzas de los buenos tiempos donde casi todo parecía alcanzable. Cuando el país atraía, no expulsaba, los marginales eran sólo pobres en transición y la violencia política y social -así se creía-, había sido erradicada definitivamente por las urnas y el progreso. Las utopías no apuntan exclusivamente al futuro, con frecuencia pueden ser retroactivas.

Los integrantes de este partido, con mayor presencia de la que se cree, parecen inclinarse por Luis Alberto Lacalle, quizás porque lo presumen el más consustanciado con este pasado mítico. Con razón o sin ella, lo sienten el mejor para representarlos ante los soñadores del absoluto, los utopistas del porvenir, como los ex guerrilleros, de quienes recelan. Otro tanto ocurre con muchos blancos.

Junio dirá cuál es en definitiva su pronunciamiento, en quién depositan sus confianza en el viaje que comienza. Pero desde ya puede augurarse que esta novel colectividad, fundada por la fuerza de los hechos, llegó para quedarse. Por más virtual que pueda parecer ya está eligiendo y lo seguirá haciendo en el futuro, especialmente en el caso, nada improbable, de una eventual doble vuelta.

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