Hernán Sorhuet Gelós
A pocos días de comenzar la cumbre de Copenhague (COP-15) sobre el cambio climático, se sabe que no habrá acuerdo vinculante de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para los países industrializados -responsables históricos del calentamiento global-. En la mejor de la hipótesis, el mismo se alcanzaría dentro de un año en la COP-16 de México.
Es una mala noticia para la humanidad. Deja en evidencia la contradicción que significa, por un lado, comprender un peligro a escala planetaria, y por otro, que los gobiernos se limiten a negociar la manera de invertir menos dinero y obtener el mayor rédito. Al igual que una enfermedad progresiva, cuanto más se demore en mitigar el calentamiento global, peores serán las consecuencias y mayores los costes.
La arista más injusta del problema es que los países que pagarán el precio más elevado son los menos responsables en la generación del problema. La solución de fondo, que nadie desea discutir, es modificar el modelo de desarrollo, lo que incluye la sustitución del uso de combustibles fósiles como matriz energética principal.
Mientras tanto, desde los países ricos y algunos de los emergentes se promete realizar los mayores esfuerzos de mitigación mediante la reducción de la deforestación, promoviendo los biocombustibles, estimulando las plantaciones forestales, fortaleciendo el comercio de carbono, e introduciendo cambios en la agricultura y la ganadería.
Este último punto es de sumo interés para Uruguay. En nuestro país casi el 80% de las emisiones de gases de invernadero provienen de la agropecuaria. Por ser un país agropecuario por excelencia, le atribuye gran importancia al impulso de estrategias de mitigación en la agricultura, que sean sustentables y garanticen la seguridad alimentaria. Se habla de prácticas, procesos y metodologías que ayuden tanto a la mitigación como a la adaptación al cambio climático, sin afectar las posibilidades de desarrollo y afectar negativamente los ecosistemas. Uno de los puntos neurálgicos es la transferencia de recursos y tecnología.
No extrañó que en el plenario de la reunión de Bangkok, Uruguay planteara la inclusión de la agricultura en la agenda de mitigación. Sin duda la demanda de alimentos crecerá de manera sostenida. Por lo tanto hay que hallar la forma de reducir las emisiones de gases de invernadero por unidad de producción. Como existe poca investigación sobre tecnologías más eficientes en ese terreno, es imprescindible estimular lo antes posible la cooperación, investigación y traspaso de tecnologías apropiadas de los países vanguardistas a los nuestros.
En ese sentido Uruguay ya integra un grupo de investigación formado por países como Nueva Zelanda, EE.UU. y la Unión Europea.
Hay que estar atentos para evitar que, con el tiempo, las prácticas agrícolas que no logren determinados niveles de reducciones de emisiones se transformen en barreras comerciales.
En la actualidad la agricultura es responsable del 16% de las emisiones mundiales de gases de invernadero, y tarde o temprano se abordará su modernización dentro de las estrategias de mitigación. Más vale que nuestros países trabajen desde ya en el asunto, para transformar en oportunidad lo que se presentará como un problema.
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