Pablo Da Silveira
Estábamos en la oficina que ocupaba entonces como director del Museo Histórico Nacional. En esa habitación grande y sombría, cada objeto visible es una reliquia. A él le gustaba contar la historia que hay detrás de ellas.
Luego de mostrarme el peine con el que Máximo Santos se acicalaba la barba, me dijo con una sonrisa: "para ocupar este cargo conviene ser historiador, pero además hay que ser cosólogo. Uno tiene que saber sobre cosas, tiene que tener espíritu de coleccionista. Alguien puede ser un muy buen historiador académico pero no ser capaz de reconocer el valor de un objeto que le cae en las manos". Dejó pasar un instante y, con una mezcla de inocencia y sano orgullo típicamente suya, agregó: "yo soy cosólogo".
Enrique Mena Segarra, historiador y "cosólogo", hacía bien ambas cosas. También fue un fantástico docente que logró transmitir su pasión por el pasado a numerosas generaciones de estudiantes.
Pero por sobre todo fue un hombre recto y sencillo, incapaz de toda maldad.
Mena Segarra unió su historia personal a la de este diario cuando, a fines del año 2006, aceptó integrarse al equipo que publicó la serie de fascículos "Historia Reciente". En aquel emprendimiento pudimos darnos el lujo de reunir a dos grandes figuras de la historia rioplatense que, por desdicha, acaban de morir con pocos días de diferencia: el argentino Félix Luna y el propio Mena, oriental y orgulloso de serlo.
Quien recorra los 25 fascículos que integraron aquella colección puede equivocarse sobre el papel que jugó Mena. Hay pocos textos con su firma, porque esa fue su decisión, pero cada fascículo lleva su impronta desde la primera hasta la última página. Además de escribir pasajes que quedaron integrados al cuerpo general del texto, Enrique se convirtió por voluntad propia en su último corrector.
Semana tras semana, pedía que se le mandara una versión impresa del borrador final (fiel a su estilo, siempre prefirió el papel y la tinta a los misterios de la computadora) y poco después lo devolvía cargado de anotaciones. Sus observaciones abarcaban desde cuestiones conceptuales hasta errores sintácticos, pasando por detalles como una fecha aparentemente secundaria o el modo correcto de transcribir términos en cirílico.
Cuando lo invité a participar de aquella serie le dije que queríamos hacer historia fundada en evidencia: la idea era escribir usando muchos datos y muy pocos adjetivos. "Eso me gusta", respondió, y puso toda su erudición al servicio de la tarea. En el correr de un año largo de trabajo, dio mil muestras de su compromiso y de una lealtad a toda prueba.
También hubo tiempo para que aflorara su cáustico sentido del humor, especialmente durante las charlas que teníamos en el Museo Histórico o en lo que él llamaba "mi oficina": un bar de la calle San José donde todas las tardes paraba a leer el diario y tomar un café. Cuando el último fascículo salió a la calle, descubrimos que, casi sin darnos cuenta, nos habíamos hecho amigos.
La tarea del intelectual es distinta a la del político. El propósito del intelectual es difundir ideas y contribuir a que se incorporen al patrimonio común, aun al precio de que se olvide quién fue el primero en promoverlas. Enrique Mena Segarra contribuyó decisivamente a que los uruguayos tuviéramos una visión más circunstanciada y mejor contextualizada de algunos períodos importantes de nuestra historia. De nosotros depende que su nombre permanezca en el recuerdo.
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