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Leonardo Guzmán
Miles de años atrás andaba por el desierto una tribu desterrada y desorientada, cuando, en el Monte Sinaí, su jefe Moisés recibió de Jehová las Tablas cuyos Diez Mandamientos iban a inscribirse en la conciencia moral de todos. La tribu bautizó el espíritu en la aventura y esta noche celebrará su Año Nuevo. Seguimos reverenciando en ella lo perenne que, desde éxodo y martirios, entregó a la meditación mucho más allá de la fe.
De hecho, se duda de Dios, de Moisés y de los datos bíblicos que inspiraron al judaísmo, el cristianismo y el islamismo y motivan múltiples reflexiones ateas. Pero ya vengan los Mandamientos por descender la gracia del Cielo o por ascender el hombre a lo universal, lo real es que la mayoría de nuestras desgracias de hoy provienen de la violación de sus reglas.
En distintos planos, esa experiencia se repite en el pensar y el sentir de personas y pueblos. Hay momentos estelares donde, con todo crujiendo, estalla el Verbo en un big-bang que marca mojones de luz, ampliando el horizonte de comprensión y delineando avenidas del alma. Se explora lo desconocido y se edifica épocas; se sientan principios que inspiran y guían.
En el Uruguay, eso fueron las Instrucciones. Eso fue la pacificación que siguió a 1904. Eso es la afirmación de 1918 de que "La enumeración de derechos, deberes y garantías hecha por la Constitución, no excluye los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno". Todas esas fueron condensaciones que matrizaron el avance nacional hacia los valores perpetuos de justicia y libertad; y es a ese rango que deberemos regresar, cuando vemos el jaez de las falacias que conduce la idolatría de la irracionalidad.
Se llega a ofender con palabrotas a la Justicia como expresión institucional del Estado de Derecho, y después, a la defensiva, se arguye que sólo se quiso sostener la tesis "filosófica" de que no se cree en la justicia humana, por ser un sentimiento relativo que cambia con los tiempos.
Lo primero es inadmisible, no porque los jueces acierten siempre -¡vaya si menudean las sentencias erradas y sin fundamentos!- sino porque quien aspira a la Presidencia en el Uruguay debe respetar al Poder Judicial como garantía. Y lo segundo es inadmisible también porque cambian los bienes a que se aplica, pero no por eso varía el sentimiento de justicia que manda tratar igual los casos iguales, desigual los casos desiguales y proporcionadamente unos y otros. Eso es así desde Platón y Aristóteles y no lo va a mudar en las conciencias vivas ninguna orquestación publicitaria con plazo de vencimiento.
Al fin de cuentas, sostener que todo es relativo y nada es permanente, lejos de constituir una filosofía, es una superstición que, si tuviera fundamento, implicaría que la filosofía sería imposible.
Unos encuestadores dicen que ese lenguaje soez y ese pensar sin lógica pueden dar el triunfo a un candidato que, a todas luces, está ayuno de estabilidad y que falla en lo que piensa más aun que en las formas.
A ese reto debemos contestar con la decisión de clarificar las ideas, purificando los sentimientos de justicia y libertad para enfrentar el escarnio de semejantes desviaciones.
Al fin de cuentas, erratas de esta laya son incompatibles con todo ideal individualista o socialista, religioso o laico, que haya palpitado desde que dejamos de ser tribus desorientadas sin mandamientos básicos ni discurrir lógico.
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