Pablo Da Silveira
En tiempos en los que el francés era la lengua internacional, se hablaba de "surmenage". Ahora que el inglés es la lengua dominante, se habla de "burn-out". Ambas expresiones refieren a lo mismo: un estado de profundo desgaste emocional, físico e intelectual provocado por la tarea que se realiza.
El término "burn-out" apareció con frecuencia en las últimas semanas como explicación de un hecho grave: el altísimo nivel de ausentismo docente en nuestra enseñanza pública. Durante el año 2008 se concedieron más de 58 mil certificaciones médicas a funcionarios de ANEP. Esta cifra representa un crecimiento del 12 por ciento respecto de la registrada en el año 2006, cuando se concedieron unas 51.600 certificaciones. La situación es especialmente preocupante en Secundaria, donde trabajan unos 16 mil docentes y se concedieron más de 30 mil certificaciones en un año.
Para peor, las certificaciones médicas explican menos de un tercio de las ausencias. A ellas se suman los días de asueto que se conceden por fuera de la licencia anual y las faltas injustificadas.
¿Cómo explicar una situación semejante? Una respuesta que surge con especial frecuencia en los medios educativos apunta a las malas remuneraciones. Pero esta interpretación está lejos de ser satisfactoria. Estudios comparativos realizados por PREAL muestran que los docentes uruguayos no están especialmente mal remunerados, ni en relación a lo que cobran otros docentes del continente ni a lo que cobran en Uruguay personas con niveles de formación comparables. No es que ganen mucho, pero ya no estamos en la situación desastrosa que se vivió en el pasado.
Tampoco es cierto que los docentes uruguayos trabajen una gran cantidad de horas por año. Los largos períodos de vacaciones de los que disfrutan (tres meses en verano, una semana en Pascua, dos semanas en julio, una semana en setiembre) hacen que, de hecho, trabajen menos horas que otros trabajadores. Lo que sí es verdad es que pasan muchas horas en el aula: cuando se compara el tiempo total trabajado con las horas de las que se dispone para preparar y corregir, los docentes uruguayos salen peor parados que otros.
Pero, si bien este es un punto importante, no alcanza para explicar lo que ocurre: los docentes del sector privado no ganan más (sino, frecuentemente, menos) que los del sector oficial y en general no disponen de más horas remuneradas para el trabajo fuera del aula. Pero faltan menos.
La verdadera explicación hay que buscarla en las condiciones de trabajo infernales que estamos imponiendo a los docentes de nuestra enseñanza pública: permanentes traslados entre un establecimiento y otro; edificios en mal estado; una insensibilidad casi total hacia las necesidades que puedan manifestar los propios docentes; un clima general de desorden y violencia entre los alumnos; una pérdida casi total del principio de autoridad; una fuerte erosión del reconocimiento social que recibe la tarea docente, generada en buena medida por la insatisfacción de muchos padres an-te lo que sus hijos viven en los centros de enseñanza.
Que muchos docentes pierdan motivación y energía en tales condiciones sólo muestra que son humanos. Puede que una parte haya incorporado algunos vicios, pero la responsabilidad de fondo hay que buscarla en otra parte.