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Juan Martín Posadas
El proyecto de ley de despenalización del aborto y el subsiguiente veto del Poder Ejecutivo han producido un gran alboroto. Hubiera sido mejor, en vez, una gran discusión. Creció la exacerbación de los sentimientos y bajó la calidad de los argumentos. A eso quiero referirme.
En un extremo está Lucía Topolansky sugiriendo que Vázquez vetó la ley para que su mujer no le prohibiera entrar a casa. Mujica tiene la desgracia de que sus seguidores adjudican el predicamento de que goza a sus chanzas y "boutades" más que a otras posturas políticas valiosas; lo imitan en aquello e ignoran éstas. Otro argumento que se manejó es la reivindicación de que la mujer es dueña de su propio cuerpo. Argumento falaz que pasa por alto que la discusión está referida a otro cuerpo, el que se está gestando. El feto en gestación no es un órgano del cuerpo materno ni un miembro.
En la otra punta del debate se ubicó el ex Presidente Sanguinetti. En su columna de El País comienza criticando al Arzobispo de Montevideo porque éste "se sintió autorizado a amenazar a legisladores con la temida excomunión, agrediendo la independencia de juicio de un representante del pueblo". Este párrafo contiene un rosario de errores derivados de poca o mala información. La excomunión de marras está establecida en el Código de Derecho Canónico; no cae dentro de las facultades de Cotugno ni aplicarla ni suspenderla, de modo que no puede imputársele amenaza alguna. Dicha excomunión funciona ipso facto, otro término que fue mal interpretado como conllevando mayor rigor. El término indica lo que acabo de explicar: se trata de una sanción que no depende de un acto jurisdiccional (de Cotugno o de quien sea) sino que se activa por el hecho mismo (ipso facto). La excomunión, por último, es la separación de la comunidad eclesial, por lo tanto mal pueden sentirse amenazados o agredidos en su independencia los legisladores que -como Sanguinetti- no forman parte de esa comunidad. La Iglesia Católica es una institución de libre adscripción: quien está de acuerdo con sus normas y postulados ingresa y el que no lo está se queda afuera y, por ende, no le preocupan sus reglamentos ni puede sentirse amenazado por sus sanciones.
El tema no es religioso, como sostiene Sanguinetti. Es básicamente una cuestión científica y jurídica. Al nivel de la ciencia se trata de establecer si hay una vida humana y desde qué momento la hay. Sobre ese dato de facto opera lo jurídico: ¿quién tiene derecho a determinar este puede seguir vivo y este no? Sobre todo teniendo en cuenta que la suerte se define no en función de la conveniencia del que recibe la sentencia sino de otro: la madre.
Cincuenta años atrás el estado de la ciencia permitía una discusión: hoy no. Las palabras de Vázquez son contundentes: "descubrimientos revolucionarios como la fecundación in vitro y el ADN con la secuencia del genoma humano dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay ahí una vida humana nueva, un nuevo ser".
Sobre la base de la ciencia se construye el derecho en las sociedades. El derecho es producto de la cultura. La cultura azteca autorizaba el sacrificio humano ritual. La cultura moderna se ha ido apartando de legitimaciones para quitar la vida, de ahí la tendencia a la abolición de la pena de muerte en occidente.
Este es el tipo de argumentos sobre los cuales se podía haber tenido una discusión seria y sin agravios en tema tan delicado y complejo.
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