Antiguos odios y guerras que son eternas

CLAUDIO FANTINI

Nunca existió la paz en las tierras que se extienden desde la desembocadura del río Congo. Siendo colonias belgas o francesas, el área padeció oprobios, abusos y explotación. En el lado francés, la independencia sufrió el envilecimiento en el poder de Mobutu Tsese Zeko, el hombre que rebautizó el país como Zaire y envejeció al frente de una dictadura corrupta y brutal.

La consecuencia fue el surgimiento de la guerrilla marxista que lideró Laurent Kabila, el líder insurgente que defraudó al Che Guevara, quien quiso sumarse a los rebeldes pero terminó describiendo a su jefe como un frívolo que se enriquecía traficando diamantes y marfil.

Cuando Kabila sacó a Mobutu del palacio de mármol de Kinshasa, pronto adoptó los mismos vicios del tirano derrocado. Y cuando murió acribillado a balazos, se hizo cargo del poder su hijo Joseph, famoso por el accionar sanguinario de la columna guerrillera que había comandado en los años de la guerra civil. Contra su régimen despótico estalló la segunda guerra civil, conflicto en el cual la mayor cantidad de bestialidades fueron cometidas por el general Laurent Nkunda, el guerrero que hoy avanza a paso redoblado por la provincia de Kivu.

Esta nueva etapa del eterno conflicto congoleño fue, en alguna medida, irradiado desde los dos pequeños vecinos del Este: Ruanda y Burundi. En esas tierras, el enfrentamiento entre las etnias tutsi y hutu desembocó en el genocidio de los noventa y sus posteriores réplicas contagiadas al Congo mediante inmensas olas de refugiados.

Un millón de tutsis fueron asesinados, la mayoría a machetazos, mientras que cientos de miles cruzaron la frontera para refugiarse en el Congo. Hacia las mismas tierras huyeron cientos de miles de hutus cuando la guerrilla tutsi logró tomar el poder. Por eso allí, en la provincia congoleña de Kivu, Ruanda contagió al Congo su antiguo y feroz conflicto entre las dos etnias enemigas.

Pero no toda la culpa viene del país vecino. En el Congo la política nunca dejó de ser salvaje. Laurent Kabila, el guerrillero marxista sobre cuya calaña había alertado el Che Guevara en la década del sesenta, como gobernante no fue mucho mejor, ni en materia democrática y tampoco en ética política, que el dictador contra el que luchó durante treinta años. Y su hijo Joseph tampoco instaló el respeto por la vida en el desventurado país africano. Pero no es mejor el jefe tutsi que hoy avanza aplastando a soldados y cascos azules. El general Nkunda se justifica diciendo defender a los tutsis de las masacres cometidas por los hutus. Pero en realidad necesita poder para defenderse de quienes quieren juzgarlo por crímenes de guerra, y busca los diamantes que colman la tierra devastada que se extiende entre Goma y Kibumba.

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