Hebert Gatto
En febrero de este mismo año el Dr. Tabaré Váz-quez reiteró formalmente su negativa a cualquier propósito reeleccionista. En una actitud de afirmación republicana que lo honra explicó a sus seguidores que no pensaba renunciar a un principio, tan caro a la izquierda, como la no reelección continuada, aclarando que no quería dividir a su país y que el Frente no necesitaba "de un Mesías que le solucionara los problemas".
El mensaje, inequívoco en sus alcances, no se basaba en motivos circunstanciales: para el Presidente, como ya lo había definido en el mensaje de asunción, las instituciones valen más que los hombres que transitoriamente las ocupan. A esta neta definición sólo cabe agregarle que el régimen de gobierno presidencialista es de por sí bastante peligroso y personalizado, como para otorgarle al titular del ejecutivo más tiempos y continuidades de las que ya dispone.
Aquellos que amparados en el poder pretenden descansarse en él modificando constituciones, se piensan, a la manera de los monarcas, como seres insustituibles, sin cuya presencia, comandando el gobierno, el programa de su partido o coalición no lograría nunca concretarse. Latinoamérica está plagada de este triste género de presidentes populistas, presuntos hombres de la providencia en cuyas manos, presumen, descansa el destino de sus pueblos. En nuestro país, el engendro reeleccionista pachequista, aún si admitiéramos su constitucionalidad -que a la luz de la actual Carta es aún más dudosa que en su momento-, es el mejor ejemplo de lo efímero del apoyo popular y del manoseo institucional por cuestiones coyunturales.
Nada ha dicho expresamente el presidente que suponga modificar las rotundas expresiones de su comunicado de hace ocho meses. No obstante algunos hechos generan una razonable suspicacia. La campaña reeleccionista arrienda locales, convoca a actos públicos, se promociona en pintadas y la difunden políticos reputados, desde ministros a legisladores, muchos de ellos en frecuente contacto con el Dr. Vázquez. O son muy irresponsables, o presionan al presidente de un modo indebido, o más razonablemente, algún crédito debería otorgarse a su palabra. En cualquier caso, por motivos poco claros, aumentan la confusión de la ciudadanía.
El silencio presidencial, si bien hasta ahora comprensible -no puede exigírsele que desmienta permanentemente a sus fanáticos- comienza a inquietar. El solo hecho de prolongarse, en medio del creciente entusiasmo continuista de sus amigos, genera inevitables sospechas. Días pasados Vázquez auguró, adhiriéndose al desesperante lenguaje críptico de uno de los candidatos, que si peligra la unidad del FA volvería a "jugar en política". Ello fue suficiente para que comenzara a especularse con su cambio de actitud.
Las incógnitas son muchas y los dirigentes de la coalición las profundizan a cada paso. Casi todos olvidan que la última modificación constitucional, la que obliga a dirimir las diferencias partidarias en elecciones internas, supuso un avance democrático destinado a impedir los arreglos de cúpula en la nominación de los candidatos. En ese clima, de culto a un consenso hipócrita, con el ojo puesto en los intereses electorales de cada uno, el reeleccionismo virtual tampoco ayuda a la transparencia.