Destruyendo prejuicios

Pablo Da Silveira

Cuando alguna gente piensa en la educación privada, recuerda un puñado de colegios de gran prestigio a los que asisten los hijos de familias favorecidas. De allí concluye que hay pocos colegios privados en el país, y que los que existen son para ricos. Pero ambas ideas surgen de confundir al conjunto de la educación privada con las instituciones privadas más visibles.

Si se atiende el número de alumnos, nuestra educación privada está dividida en mitades. Una de ellas está compuesta por los colegios católicos. La otra está compuesta por los colegios no católicos, entre los que se cuentan los privados no confesionales y los de religión judía o protestante. La gran mayoría de los colegios católicos están reunidos en una organización que se llama Audec (Asociación Uruguaya de Educación Católica). Los colegios no católicos están agrupados en una organización que se llama Aidep (Asociación de Institutos de Educación Privada).

Audec acaba de divulgar los resultados de un censo realizado en casi todos los colegios católicos del país. Dado que esos colegios reúnen a cerca la mitad de los alumnos de la educación privada, saber lo que pasa en ellos es saber bastante sobre lo que ocurre en el sector. Y la imagen que dan las cifras destruye varios prejuicios.

Para empezar, los colegios católicos no son pocos. En Audec están afiliados 163. De ese conjunto, 156 proporcionaron información. Más de 160 instituciones es una cifra bastante mayor que el puñado de grandes colegios católicos tradicionales.

La gran mayoría de los colegios católicos son de pequeño tamaño. Casi la tercera parte tiene menos de 200 alumnos. Casi las dos terceras partes tienen menos de 400. Sólo el 6% de los establecimientos tiene más de mil alumnos. La mayoría sólo ofrece hasta sexto de primaria (y de esos colegios, la mayor parte está en el interior). Los que ofrecen secundaria completa sólo representan el 47% del total.

Los colegios católicos cobran barato. La anualidad media en enseñanza primaria es de US$ 995 (es decir, unos 83 dólares por mes). Además existe un gran número de becas. En el nivel escolar, el 30% de los alumnos recibe una beca total o parcial. Lo mismo ocurre con la cuarta parte de los alumnos el Ciclo Básico de Secundaria y con el 19% de los de Bachillerato.

Como consecuencia de este comportamiento económico, la mayor parte de los colegios católicos son pobres. Casi la mitad tiene ingresos anuales inferiores a 200 mil dólares, con los que deben hacer frente a todos sus gastos durante 12 meses.

En resumen, si se piensa en un colegio católico uruguayo, no debe pensarse en un gran instituto tradicional y montevideano, sino en una pequeña escuela primaria del interior que cobra poco, ofrece muchas becas y, consiguientemente, hace un uso muy eficiente de los pocos recursos que recibe.

Estos datos muestran lo absurdo de toda oposición entre la educación privada y la educación pública, como si se tratara de la educación de los ricos enfrentada a la educación de los pobres. Nuestra educación privada está presente en todos los sectores sociales y ofrece oportunidades a muchas familias de bajos ingresos. Es también una educación con pocos recursos, que sufre necesidades y carencias. No es más ni menos que la educación estatal. Es parte de la educación uruguaya.

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