CLAUDIO FANTINI
En materia de esposas presidenciales, los demócratas ganan. Laura Bush es una figura fantasmagórica en comparación con Hillary durante la presidencia de su marido; y Cindy McCain parece una barbie imperceptible junto a la esbelta y notable Michelle Obama.
La ventaja demócrata viene de lejos. La reina de las primeras damas ha sido Eleanor Roosevelt, mujer de profusa vida intelectual y destacado activismo en un tiempo de segundos planos para los roles femeninos.
Eleanor fue clave en levantar a su primo y marido Franklin Roosevelt, de la postración por la poliomelitis; y llevarlo hasta la Casa Blanca. Además recorría el país promoviendo la New Deal y resaltaba como activista comprometida con la movilidad social, que exhortaba a los pobres a "creer en la belleza de sus sueños", al tiempo que les exigía luchar por sus derechos: "nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento". Y también se lució en diplomacia, participando en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Su antecedente notable fue Edith, la esposa de Woodrow Wilson, vigorosa mujer que explicaba mejor que su marido la "new freedom" (política económica y social de aquel gobierno demócrata) y la razón para entrar en la Primera Guerra Mundial. Hubo otras formas de notoriedades menos politizadas. Por caso Jacqueline Bouvier, la esposa de John Kennedy. Refinada y de extraña belleza, fascinó a los norteamericanos y contribuyó al fenómeno JFK.
En el campo republicano se hizo notar Anne France Robbins, quien al convertirse en actriz se rebautizó Nancy Davis, nombre con el cual se casó con el entonces líder del Sindicato de los Actores, Ronald Reagan.
No es fácil competir con Hillary, quien antes de ser una activa primera dama figuraba en la lista de los cien mejores abogados del país. Laura Welch, esposa de Bush, ha cumplido un rol tan silencioso e imperceptible como su profesión: bibliotecaria. Mientras que Cindy Hensley, amén de la inmensa fortuna que amasó su familia en Arizona, no le ha aportado mucho a su marido. Sobre todo por su etapa de adicción a las drogas y porque, cuando la conoció en Hawai, John McCain abandonó a su primer esposa, quien había quedado lisiada en un accidente.
Consciente de que Cindy resultó eclipsada por el sólido discurso de Michelle Obama, McCain apostó a una mujer como compañera de fórmula. Pero la elección de Sarah Palin podría ser errónea. La gobernadora de Alaska representa lo que ama la derecha religiosa, a la que no puede seducir McCain. En eso complementa al senador cuyo conservadurismo nunca contuvo rasgos recalcitrantes. También sintoniza con él en eso de ser outsiders enfrentados a los propios aparatos partidarios.
Lo que no aporta es experiencia. Y resulta una contradicción que el candidato que critica a su adversario ser joven e inexperto, haya elegido a una mujer de 44 años que fue alcaldesa de una aldea diminuta y, desde hace sólo dos años, gobierna un estado despoblado.
Si tuviera que sostener un debate con Nancy Pelosy, lo más probable es que se impondría la líder demócrata de la Cámara de Representantes.
Habría tenido más consistencia el nombre de Condoolezza Rice; una mujer brillante que de niña se destacó como pianista, luego en las universidades y finalmente como sovietóloga experta en seguridad nacional.
Seguramente, McCain sabe que la bella gobernadora de Alaska no puede competir con la experiencia y preparación de la secretaria de Estado. El problema de Condoolezza es que forma parte de la administración Bush y que, al reemplazar a Colin Powell, no pudo enderezar la trayectoria aislacionista que imprimieron los halcones de la Casa Blanca.