Una historia turbia en la Bienal de Venecia

MIGUEL CARBAJAL

LAS COLUMNAS

Al gran Bonete le robaron una Bienal de Arte. ¿Quién la tiene? En este país de recurrentes injusticias, al escultor Wifredo Díaz Valdez le birlaron en su momento la vidriera de Venecia.

No existía un plástico uruguayo a su altura que le pudiera pelear ese derecho. En una reciente reunión de gente del ambiente, la generosidad de Jorge Damiani sacó a luz de vuelta el tema: la desmesura del talento del artista de Treinta y Tres. Había sido el ojo sensible de Damiani quien justamente descubrió a Díaz Valdez en el pasado, y arrimó la influencia de su prestigio para volver conocido a quien para la mayoría de los uruguayos era apenas un carpintero.

En su última exposición en Galería Latina, Danilo Arbilla hizo una presentación para su catálogo que era un brillante alegato "in absensia". Habló de su carencia de profesores, academias, círculos de amigos, mecenas y "roscas". Pese a lo cual floreció como nadie. Ganó honores y espacios. Hasta le adjudicaron el Premio Figari.

Pero él sólo recuerda el robo de Venecia. No hubiera debido aceptar el Figari, dijo alguna vez en la intimidad, como diciendo que debió hacer prevalecer su sentido de la dignidad, y enunció de nuevo las carencias que rodearon su niñez. Ni amigos con apellidos, ni colegas caros, ni entornos profesionales, ni elites artísticas a su alrededor. ¿Es clasista el Uruguay? Si no lo es, ¿por qué le negaron la posibilidad véneta al uruguayo que en su momento tenía las mejores credenciales para lucir en ambiente donde brillaron Fonseca, Iturria y Dicancro, entre otros, y la legión de uruguayos que trabajan en el exterior y terminaron por volverse candidatos porque el viaje les resulta más barato y las expensas mínimas al país cultural que siempre envía a medias?

Al otro día del elogio de Damiani pasé por la casa de Díaz Valdez y me llevó, casi a regañadientes, hasta un pequeño taller donde trabaja y guarda su obra. Resultó ser una experiencia deslumbrante. No es un taller lo que encierra sino un bosque prodigioso que debería ser incluido en la lista de visitas el Día del Patrimonio. Es un muestrario de un rigor y un genio creativo infrecuente en cualquier medio.

Ese talento destacaría aquí, en el Uruguay, o bien afuera, en los mercados opulentos y bien regados económicamente que prosperan en Estados Unidos o en Europa. En cualquier lugar el taller de Díaz Valdez sería un acontecimiento cultural de destaque. Octavio Podestá, uno de los grandes nombres de la escultura moderna, y autor de la escultura con mejor marco de todo Montevideo (la que está en el patio trasero del Palacio Municipal) aunque él sostiene con razón que su favorita es la del Parque de las Esculturas del Edificio Libertad, se apea de cualquier sentido de orgullo y sostiene la excepcionalidad de Wifredo. Hizo un recuento del resto de los escultores uruguayos, hecho desde un sentido de mesura y de cautela que revela el grado de su sabiduría. Pero destaca a Wifredo.

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