La pasión no es un cuento chino

JOSÉ MASTANDREA

El fútbol es el fútbol. No hay caso. Los bares y los miles de hogares uruguayos despertaron con las voces de los enviados especiales de los canales abiertos a todo volumen. No eran las diez de la mañana y ya estaban los televisores encendidos.

Mientras la rutina seguía siendo la de todos los días, en las pantallas aparecían las primeras imágenes desde Beijing. Allí estaban, frente a frente, Argentina y Brasil.

La ducha apurada, el café calentándose en el microondas o en la cafetera, la maquinita de afeitar a un costado de la pileta y la premura por terminar cuanto antes lo que se estaba haciendo para ver en acción a los mejores del mundo.

De un lado, Lionel Messi y del otro el polémico Ronaldinho.

Argentina y Brasil se vivió como un clásico. Y se jugó como tal.

Los uruguayos, siempre divididos, tomamos partido por unos u otros.

Los relatores de los diferentes canales leían los mensajes que llegaban a las producciones.

Sensaciones, deseos, maldiciones, todo en pocas palabras como si desde este "bendito país", como dice don Sánchez Padilla, se pudiera inclinar la balanza para algún lado.

Ganó Argentina. Y muchos uruguayos disfrutaron por el triunfo. Otros no. Querían que Brasil ganara. Lo lamento por ellos...

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