EDWARD PIÑÓN
Beijing
El pais en china
Cuando apenas llegó a Beijing, Michael Phelps le vociferó al mundo: "No estoy loco, puedo ganar las ocho medallas de oro". Después de haberse colgado ayer su cuarta presea dorada en los Juegos Olímpicos de Beijing, los únicos que deben ir buscando un lugar en el manicomio son los que creen que esta "bala de oro" no es capaz de acertar en el blanco que elige.
Ahora el héroe de Baltimore, por obra y gracia de su soberbia producción deportiva, pasó a convertirse en un Dios del olimpo y su nombre ganó la inmortalidad. Cuando se hable de Beijing 2008, no habrá ni una sola persona ni un solo documento histórico que no lo tenga como referencia. Beijing será Phelps. Phelps es Beijing.
Ayer, a la cita imperdible no faltó nadie. Abajo, casi pegados a la piscina estaban los monstruos de la NBA, con Kobe Bryant liderando la tribuna más alta del planeta. Y eran unos más, agitando banderitas de Estados Unidos, aplaudiendo el ingreso del máximo ídolo de la natación de su país.
El estadio lució repleto. Con periodistas disputándose algo más de lugar en los pupitres para obtener un poquito de aire, en un sector que quedó abarrotado. Con fanáticos que llevaron de todo para demostrarle al mundo que estaban allí por él.
Fue una locura, el día más increíble de la natación. Con nadadores que no paraban de bajar récords mundiales en la previa del gran acontecimiento. Fue tanto el fervor y la pasión que podría comparársele con una jornada de fútbol en Uruguay, con choque del fútbol americano en Estados Unidos o con un partido de rugby en Nueva Zelanda y Australia.
Y cuando llegó su turno, él respondió como correspondía. Por el carril número cuatro y sin el traje de baño que le cubre todo el cuerpo, como si hubiese querido demostrar que lo suyo no pasa por la innovación tecnológica, Phelps hizo lo que sabe hacer: comerse a los rivales en los metros finales y meter un nuevo récord mundial (1`52"03).
El estadio de pie, aplaudiendo, gritando. Algunos llorando, como los estadounidenses que soltaron toda la emoción en la tribuna.
No arribó primero en el toque de los 50 metros, pero lo hizo a 0,3 décimas de segundo de distancia del neozelandés Moss Burmester, quien después terminó pagándolo caro porque tuvo podio.
A los 100 metros, pidió permiso y con una potencia descomunal les pasó por arriba a todos. Fue como si les hubiese querido enseñar cómo se hacen las cosas en el agua. Después dominó siempre, sus brazos parecían más largos, sus piernas parecían aletas y el resto quedaba minimizado.
Un ensordecedor grito acompañó cada avance por la piscina del Cubo de Agua. Primero le sacó las mismas tres décimas de diferencia a Burmester, después nadie pudo seguir su ritmo y fue el único que estuvo en 1`22 en los 150 metros. Al final, una estruendosa ovación lo saludó cuando tocó la piscina para cerrar los 200 metros mariposa y ganar el cuarto oro.
Se sacó la gorra, los lentes y lloró. Entonces, no quedó persona que no procurara tomarle una fotografía. No había forma de contener a los aficionados y los carteles que prohibían la utilización de cámaras con flash nadie sabe a donde fueron a parar.
Otro podio. Otro oro. Otro récord. Faltan solo tres medallas para igualar una gesta. Una más para terminar de convertirse en el más grande de todos los tiempos.
La cifra
1`52"03 Fue el tiempo de Michael Phelps con el que estableció un nuevo récord mundial, en la final de 200 metros mariposa.
Ginóbili
De su mano la selección argentina que defiende el oro logró un valioso punto ante Australia que lo deja con chance de clasificar a la siguiente fase en el basquetbol.
Nadal
El español recuperó su mejor tenis en Beijing para avanzar a octavos de final, tras obtener un contundente triunfo sobre Lleyton Hewitt.